Skip to main content

Full text of "La Colombiada"

See other formats


■IJia Golombiada 



;C0 




•O O O- 



íO 



liñ COüOCnBlñDfl 



OBRAS AMERICANAS DEL AUTOR 



Vocabulario Criollo Stir- Americano. (Edición Hernando.) 

El Peregrino en Indias. (Edición Hernando.) 

La Plata perulera. (Edición Suárez.) 

La Colombiada. 

Historia argentina eti verso. (Edición Maucci.) 

EN PRENSA 

Flores de la Pampa. (Romancerillo del Plata.) 



ía €0lííínliiíiíla 



?g- 




^oy 



irp píigJ 




MADRID 

LIBRERÍA GENERAL DE VICTORIANO SUÁREZ 
4.8, Preciados, 48 



9q 

6603 



Es propiedad. 
Derechos reservados. 



MADRID, 1QI2. — Imprenta de BaiUy-Bailliére, Cava alta, uúii 



POR VÍA DE PRÓLOGO 



En mis correrías por América vine á parar á 
una barraca gomera del rio Madre de Dios, en 
la que permanecí cerca de tres años. 

Aislado de la civilización, metido entre indios 
y peones mestizos, eran mis únicas delicias la 
caza y la literatura. Á falta de libros donde es- 
tudiar, divertía las noches en emborronar cuar- 
tillas, poniendo en limpio mis apuntes de la 
Argentina y Bolivia, ó haciendo versos como 
ejercicio de composición para escribir mejor en 
prosa. 

Así, en el silencio de la selva virgen, sólo 
turbado por la rumorosa corriente del caudaloso 
tributario amazónico, en una de cuyas barrancas 
estaba emplazado el centro gomero, escribí La 
CoLOMBiADA y El Vellocino de oro; obra esta 



POR VÍA DE PRÓLOGO 



Última que versaba sobre la expedición de Gon- 
zalo Pizarro al país de Eldorado y la subsiguien- 
te escapada de Orellana, Amazonas abajo hasta 
salir al mar. 

En el aderezo de ambas empleé espacio de año 
y medio; el plazo estricto que señala el saladísi- 
mo Vélez de Guevara: «Que al poeta que hicie- 
re poema histórico, no se le dé de plazo más 
que un año y medio; y que lo que más tardare, 
se entienda que es falta de la Musa». (El Dia- 
blo Cojuelo.) 

Guardaba los dos manuscritos como oro en 
paño, no por lo que en sí valían, sino por el tra- 
bajo que me cosió escribirlos. Hasta que cierta 
noc/ie, los bárbaros — como allí llaman á los in- 
dios salvajes — cayeron de improviso en la barra- 
ca, la incendiaron, y aunque nuestros rifles les 
pusieron en fuga , el daño estaba hecho y lo que- 
mado, quemado. Perdí mi modesto equipaje y con 
él mis mamotretos. Sólo se salvó La Colombia- 
DA, porque un francés, tan buen pendolista como 
dibujante, empleado en otra barraca del río, gus- 



POR VÍA DE PRÓLOGO 



toso de la lectura que antes le hiciera de mi obra, 
me la pidió para ponerla en limpio é ilustrarla. 

De modo que, Manuel Geraldi—así se llamaba 
el buen francés — tiene la culpa de que yo publi- 
que ahora La Colombiada; porque repasándola 
al cabo de los años, la hallé pasadera, y sujetán- 
dola á alguna lima resolví darla á luz; ¡temera- 
rio atrevimiento en los tiempos que corremos! 

Lo único que me desazona es el título, un si es 
no es pretencioso, pero en último caso será una 
Colombiada más. Porque á lo que yo sepa, otras 
tres se han escrito. La de]oe\ Barlow, norteameri- 
cano, en diez cantos, que publicó en 1787, reim- 
presa en 1807 en Filadelfia; la de Madame de 
Boccage (1770-1802), también en diez cantos, 
y la tercera, de Felipe Trigo Gálvez (Burgos, 
1885), ésta en cantos XXIV. 

Por cierto que precisamente en el último folio 
de La Colombiada de Trigo, hay una formidable 
errata de imprenta, que dice La Locombiada; y 
es porque seguramente estaba en la mente del ca- 
jista que sólo un loco escribe hoy octavas reales. 



POR VÍA DE PRÓLOGO 



Como quiera que sea, allá va mi Colombiada 
á probar suerte. Fácil me hubiera sido escudarla 
con un prólogo elogioso de algún reputado escri- 
tor que mirara mi trabajo por el prisma de la 
amistad; pero yo no quiero engañar al público, 
ni engañarme, con alabanzas que no merezca. 
Cada cual juzgue como tenga por conveniente. 

Por tanto, lector, si la obra te gusta, harás 
bien en decir que es buena aunque otros digan 
que es mala; si no te gusta, quedas en libertad 
de decir que es mala ; y si no te agrada ni des- 
agrada, como sucede con ciertos delicados man- 
jares á que uno no está acostumbrado — que de- 
licado manjar es el verso heroico — , sé benévolo, 
siquiera por aquella máxima cristiana: in dubiis, 
chantas. 



En Madrid, á 25 de Mayo. Ano rgi2. 



ARGUMENTO 



ARGUMENTO 

XjA magna empresa del Jasón cristiano 
que, al través de las brumas de Occidente, 
el velo descorrió del Océano 
con la invención de un nuevo continente; 

más la prez del imperio castellano, 
que al Almirante dio barcos y gente, 
celebraré cantando con voz alta 
si el necesario aliento no me falta. 

Que si bien tañedor del plectro usado, 
nunca empuñé la sonorosa trompa, 
ni estoy, según se entiende , acostumbrado 
á su broncíneo son y épica pompa, 

al sacro numen pediré confiado 
sonoro acento con que el aire rompa. 
Dame, ¡oh Numen!, que cante como sienta 
y con la inspiración , bríos y aliento. 

Dame, sí, que con estro vigoroso 
de un Dios airado la venganza cante 
cuando á un vuelco del ponto proceloso 
á la nada redujo el mundo Atlante; 

cante luego el desquite venturoso 
que el mismo Dios reserva al Almirante > 
que siga al nauta á la invenida zona, 
ciña en sus sienes inmortal corona. 



4Í ¥ ¥ 



CANTO I 



LA ATLÁNTIDA 



LA ATLÁNTIDA 

OuAL leve trompo suelto á la ligera, 
en el sidéreo polvo diamantino, 
así da vueltas la terráquea esfera 
con orbes más en raudo torbellino; 

gira y rueda en elíptica carrera 
sin que nada le ataje en su camino; 
nada ni nadie como Aquél no sea 
que la hizo, la empuja y la voltea. 

Aquél que dio atracción, calor y vida 
á millares de focos soberanos; 
que, con peso, con número y medida, 
suspende los planetas de sus manos; 

Aquél, en fin, á cuya sacudida 
tiembla el orbe y vuélcanse océanos , 
que con pavor y estrépito tenante 
un mundo ahogan, como fué el de Atlante. 

Este que veis. Atlántico coloso, 
de un polo á otro polo dominante, 
retratando en su seno misterioso 
las costas de Poniente y de Levante, 

un tiempo fuera imperio poderoso 
de la raza pretérita de Atlante, 
que desde Thule y Groenlandia fría 
hasta Pirene y Calpe se extendía. 



LA ATLANTIDA 



En él la madre Tierra echado había 
copia abundante de felices frutos, 
donde quiera que el Sol antes veía 
pelada costra, páramos enjutos; 

en cavernosos lagos escondía 
monstruos alados y gigantes brutos , 
que, en hórrida, en fantástica caterva, 
se hacían entre sí guerra proterva. 

Fieros dragones en bandadas miles 
sombreaban los llanos. Las montañas, 
por sin cuento horadadas de cubiles, 
antros eran de hirsutas alimañas; 

en medio de estas fieras y reptiles, 
á mil riesgos expuesto y á mil sañas, 
desnudo el hombre atlante salió á escena, 
cual gladiador que lánzase á la arena. 

Con singular constancia y fortaleza 
toscas armas de piedra y fierro talla, 
para á cuanto abortó Naturaleza 
provocar á titánica batalla; 

y, aunque en sin fin de obstáculos tropieza, 
su razón vence todo y lo avasalla, 
lo rinde á su albedrío, lo sojuzga, 
y rey del mundo á sí mismo se juzga. 



LA ATLANTIDA 



Una dócil esclava la Natura 
en su orgullo al hombre le parece; 
piensa que para él sólo se madura 
el dulce fruto que en las ramas crece; 

para él canta el ave en la espesura, 
el metal en los senos resplandece; 
brutos de tierra y mar se reproducen, 
y el Sol, la Luna y las estrellas lucen. 

En presunción tan loca no se para; 
y á vueltas con su insano devaneo, 
guerra á los cielos esta vez declara; 
¡ tal le engaña sacrilego deseo ! 

A escalar las alturas se prepara : 
ya toca con la mano el Empíreo; 
el Dios Tonante, cuya paz altera, 
airado prorrumpió de esta manera: 

«¿Quién el osado es, quién el profano. 
Dios ó mortal, que en mi mansión se mueve? 
¿•Cúj^a la audaz, la temeraria mano 
que de mi trono el escabel conmueve? 

j Quién ante mí, Dios Padre soberano, 
con frente altiva á parecer se atreve, 
y un reto lanza de atrevida guerra 
al Creador de cielos v de Tierra? 



LA ATLANTIDA 



¿Será quizás el dios que mal hallado 
en el obscuro reino de la muerte, 
asciende hasta el Olimpo iluminado 
dejando el lote que le cupo en suerte? 

¿Será el otro del piélago adueñado 
que su tridente contra mí convierte, 
harto de por el ponto pasearse 
y en coralina cueva aposentarse? 

¿Olvidan que con mágica cadena 
tienen mis manos sofrenado el mundo 
que, libre del poder que lo refrena, 
con golpe chocaría tremebundo? 

¿Quién, sino yo, los cóncavos barrena 
para encerrar el piélago profundo; 
ni quién, con juicio inapelable eterno, 
llena de moradores el Averno? 

Mas no provocan ellos mis enojos; 
el hombre, sí, la débil criatura 
hecha, porque así plugo á mis antojos, 
del barro cuando dile mi figura. 

Yo su artífice fui: puse en sus ojos 
el resplandor que la razón fulgura; 
la palabra le di y alta la cara, 
de modo que conmigo conversara. 



LA ATLANTIDA 



¡Ingrato!, de estos dones se aprovecha 
para escupir sacrilego á los cielos; 
me olvida, me aborrece, me desecha, 
llevado de la envidia y de los celos; 

y, no contento aún, con bríos se echa 
á derribar mi solio por los suelos, 
creyendo, lo imposible, destronarme, 
y en el sitial augusto suplantarme. 

Mas yo castigaré con mano airada 
tanta osadía y sacrilegio tanto, 
en polvo reduciendo de la nada 
al ser que tal ofende á su Dios santo; 

sea la tierra por el mar tragada 
con pavoroso ímpetu y espanto, 
de modo que ni quede el polvo vano 
del temerario pecador humano. » 

Dijo; y á su mandato reverentes, 
el báratro y el ponto, de consuno, 
oir hacen los férvidos, mugientes, 
elementos que encierra cada uno. 

Ya salen empuñando sus tridentes 
ígneo Plutón y acuático Neptuno, 
para cumplir el magno cataclismo 
de sepultar la tierra en el abismo. 



LA ATLANTIDA 



Y empezó una lucha de titanes. 
La Tierra, perturbada en su sosiego, 
vio erizada su faz de cien volcanes 
rebosantes de humo, lava y fuego; 

vio las olas del mar, cual leviatanes, 
llegar, crecer y amontonarse luego, 
horrendas, con los lomos enarcados, 
las costas asaltar por todos lados. 

Como gigantes piras, las montañas 
alientan por su cúspide altanera, 
ya la lava que abrasa sus entrañas 
ya el fuego que consume la ladera; 

arden cedros y pinos, como cañas; 
derrítense las rocas, como cera; 
y, mil hebras de llamas, los picachos 
desmayan en fantásticos penachos. 

Y con porfiado y temeroso empuje 
avanza el mar, que furibundo brama, 
mientras el huracán del cielo ruge 

y el éter en relámpagos se inflama. 

La pobre Atlante en sus cimientos cruje, 
el agua por su costra se derrama, 
y por Calpe, cual ánfora vertida, 
busca el Mediterráneo su salida. 



LA ATLANTIDA 



Víérase entonces el terrible encuentro 
del vivo fuego con las frescas ondas; 
la irrupción de las aguas tierra adentro 
hasta dar con las llamas de las frondas; 

resquebrajarse de la tierra el centro 
y cual lanzadas por tremendas hondas, 
pellas de fuego, incendios de lignito, 
disparar sobre aquel mundo precito. 

Mansas por el pavor las mismas fieras, 
olvidan sus instintos y disputas, 
para trepar las altas cordilleras, 
los cóncavos dejando de sus grutas; 

antílopes, gacelas y corderas, 
van tras las bestias ásperas é hirsutas, 
y tórtolas, palomas y torcaces, 
se juntan con las águilas rapaces. 

Los hombres, en tropel, despavoridos 
escapan, y con ojos lacrimantes 
ora invocan humildes, compungidos, 
al Dios excelso que insultaron antes; 

en ayes se deshacen y alaridos, 
mientras divagan por doquier errantes, 
buenos y malos, míseros y ricos, 
buscando con afán los altos picos. 



LA ATLANTIDA 



¡Pero todo es inútil, todo en vano! 
¡No hay para vosotros esperanza! 
El Dios omnipotente y soberano 
inclina en contra vuestra la balanza, 

y su temible prepotente mano, 
á los abismos lóbregos os lanza. 
<iNo declarasteis á los cielos guerra? 
¡Pues los cielos la toman con la Tierra! 

¿Quién alienta á decir el alboroto 
espantoso, horrendo, nunca oído, 
de un mundo que trepida en terremoto 
cayendo, por completo, subvertido, 

tal como el seno Atlántico fué roto 
y por salobre piélago invadido? 
¿Cómo pintar el vuelco portentoso 
de un mar que busca su nivel ansioso? 

Verdes collados, cerros elegantes 
por tierra desquiciados se cayeron; 
como torres ó cíclopes gigantes 
á su gran pesadumbre se rindieron. 

Tupidas frondas, selvas arrogantes, 
del voraz elemento pasto fueron; 
yerbas, plantas, arbustos y arbolones 
en pavesas quedaron á montones. 



LA ATLANTIDA 



Urbes, pueblos, alcázares y chozos, 
todos fueron sorbidos ó arrasados 
por la saña, la tala y los destrozos 
de los cuatro elementos concitados. 

Atlántida quedó partida en trozos 
debajo de los mares irritados, 
de suerte tal que al despejarse el cielo, 
volvió á ocultarse el Sol movido á duelo. 

Pardas olas de ocre, oleaginosas, 
rodaban y rodaban, lentamente, 
entre sí disputándose, afanosas, 
los restos del sumido continente; 

pacíficas, si antes alterosas, 
el piélago arrullábalas, doliente; 
dijérase de él que le penara 
el pavoroso estrago que causara. 

Cual guerreros que en pos de la jornada, 
á sus reales regresan victoriosos, 
aún olientes á pólvora quemada 
caras, manos y arneses sanguinosos; 

los densos nubarrones, en bandada, 
flotaban en la atmósfera pomposos, 
de mil vapores y matices llenos 
sus dilatados, transparentes senos. 



LA ATLANTIDA I 3 

Cien cráteres brillar, de cuando en cuando, 
vióse también de un cerco de volcanes, 
reductos que quedaron apuntando 
al abatido mundo de titanes. 

¡Quién sabe si Titania está espiando 
del fondo de la mar á sus guardianes 
y á favor del más mínimo descuido 
erguirse sobre el reino del olvido! 

A la manera que se ve un navio 
de altiva popa, de árboles gigantes, 
á babor y á estribor, con poderío, 
ostentando las bordes rimbombantes, 

ir en demanda, con pujanza y brío, 
de las olas del mar aurirrollantes, 
y prez de la nación que lo ha equipado 
correr á todo trapo embanderado; 

Alas, de improviso, en un bajo tropieza 
que á la tajante quilla el paso ataja; 
á sumergirse, lentamente, empieza 
y encallado el puntal se resquebraja; 

hasta que la flotante fortaleza 
con la pérfida onda se amortaja, 
á los vientos dejando por juguetes 
en topes los flotantes gallardetes; 



14 LA ATLANTIDA 

Así quedó el Hesperio Continente, 
famosa tierra de la edad remota, 
cubierta por el piélago imponente 
que las playas de tres mundos azota, 

dejando, aquí y allá, únicamente, 
como pilastras de una puente rota, 
los picos de sus montes empinados 
de aquel naufragio universal salvados. 

La madre Tierra viéndose anegada, 
cubierto todo el haz del agua y cieno, 
á los cielos volvía su mirada 
batiente el pecho, de esperanzas lleno; 

y en cambio de la Atlántida ahogada, 
sintiéndose bullir el fértil seno, 
pedía al Hacedor de la Natura 
otro parto radiante de hermosura. 

Éste América fué, el Nuevo Mundo; 
más rico, más hermoso y más lozano 
que el otro continente en lo profundo 
hundido del Atlántico Océano; 

Naturaleza, con vigor fecundo, 
lo dio á luz, al morir el otro hermano, 
y viéndole tan bello y arrogante, 
resignóse á la pérdida de Atlante. 



LA ATLANTIUA 



Tal una madre, en día luctuoso, 
muerto á su primogénito recibe; 
pero matrona de ánimo brioso, 
á su dolor inmenso sobrevive; 

pide dulces favores al esposo, 
un nuevo hijo con amor concibe, 
y, con parto feliz, dándole al mundo, 
al primero olvidó por el segundo. 

Del hemisferio occidental, la bella 
América por reina se envanece; 
brilla en su frente la polar estrella 
que, inmóvil, en el Norte resplandece; 

y con sus plantas, la galaxia huella, 
que en cielo austral magnífica florece, 
de la Nave, el Crucero y las brillantes 
manchas del Sur, cuajadas de diamantes. 

La Sierra Madre y la Cadena Andina, 
soldadas por el Istmo en una pieza, 
son la dorsal columna diamantina 
que el cuerpo de la virgen endereza; 

cuyo gigante torso de heroína, 
radioso de vigor y fortaleza, 
con orgullo, destácase magnífico 
entre los dos: Atlántico y Pacifico. 



1 6 LA ATLÁNTIDA 



La nieve, del Tolima y Ckiniborazo^ 
del Aconcagua^ Tllimani y Sor ata , 
al dorso de este atlético espinazo 
en cascadas deshiélase de plata; 

y su ondulante, enmarañado trazo, 
del Sol, á los fulgores, se retrata, 
como rica, crinada cabellera 
que la espalda de América cubriera. 

Y altos volcanes, que al Olimpo encumbran 
los truncos bordes de sus conos bellos, 
y, eternamente, al Universo alumbran 
con antorchas de vividos destellos, 

en el nevado undívago relumbran 
de esta rizada mata de cabellos, 
cual prendido ó aderezo de rubíes, 
de vivos y cambiantes carmesíes. 

Grandes ríos rodando entre cristales 
un tesoro de auríferas arenas j 
de este organismo son las colosales 
arterias que, pictóricas y llenas, 

robusta linfa inyectan, á raudales, 
en vasta cuenca de enlazadas venas, 
con fuerza tal, con tan potente pulso, 
que al mar tiñen, venciéndole en su impulso. 



LA ATLANTIDA I 7 



Raudo Missisipi le abulta el pecho 
con golpes y latidos de frescura; 
el rebosante, serpentino lecho 
de Orinoco., le ciñe la cintura; 

Amazonas., famoso por su trecho, 
y el otro de La Plata., por su anchura, 
devuelven al Océano el sobrante 
de esta robusta savia circulante. 

Perfilando el contorno soberano 
del grácil cuerpo, á cuyos lados gimen, 
uno y otro magnífico océano 
sonoros besos en la bella imprimen; 

ponen en ella su gigante mano, 
por su talle de sílfide le oprimen, 
y con acorde vaivén tranquilo, 
ambos suspenden á la hermosa en vilo. 

El proceloso Atlántico supremo 
la adusta faz compone y embellece 
cuando de Norte á Sur, de extremo á extremo, 
á la diestra de América se mece; 

no tan rendido llega Polifemo, 
cuando ante Calatea comparece, 
como el grande, el áspero océano 
á la vista del mundo americano. 



l8 LA ATLÁNTIDA 



Ganoso de captarse los favores 
de la amazona que de frente espía, 
bulle continuamente sus vapores 
con el calor del luminar del día; 

y en las alas de los vientos voladores, 
correos de su vasta monarquía, 
los vierte en el regazo de la hermosa, 
á nubadas de lluvia provechosa. 

Menos feliz, si bien más dilatado, 
más opulento, altivo y poderoso, 
también, de polo á polo, á izquierdo lado» 
columpiase Pacífico alteroso; 

que, nunca con su sitio resignado, 
el andino espaldar bate furioso, 
corriendo, con rugidos de despecho, 
á topar con Atlante en el Estrecho. 

El mismo Sol, autócrata ceñido 
de luminosa, espléndida diadema, 
en inmovible trono revestido 
con absorbente majestad suprema; 

y en razón de su oficio, prevenido 
á la pomposa corte del sistema, 
también de amor se muere, por la ufana 
belleza de la tierra americana. 



LA ATLANTIDA I 9 

De la suerte que un príncipe de Oríente, 
visitando el país donde domina, 
da con bella doncella, y, de repente, 
cautivo de su gracia femenina, 

se la aproxima con la faz riente, 
hacerla su odalisca determina; 
y, á la fuerza, quitándola á un vasallo, 
la trasplanta al harem de su serrallo. 

De igual manera, extático y absorto, 
el Astro-rey del mundo planetario, 
desque á América vio, por claro orto 
sale en este su orbe feudatario; 

pronto llega al zenit, y, á paso corto, 
por un imán movido, involuntario, 
cruza los mares, y dejarse cae, 
en brazos del hechizo que le atrae. 

Y como el dios, que con pasión lasciva, 
en la prisión de Dánae se introdujo, 
cuando prendado de la hermosa argiva 
á fértil pluvia de oro se redujo, 

con cuya metamorfosis, la esquiva 
honestidad de la beldad sedujo, 
dejándole el seno alborozado 
con el germen del vastago engendrado. 



LA ATLANTIDA 



Febo, también, con su destello rubio, 
al hemisferio occidental innunda; 
con el más áureo, enamorado efluvio, 
las entrañas de América fecunda; 

á la que, en dote de feliz connubio, 
con el anillo ecuatorial circunda, 
ornado con las galas y señales 
de los viciosos climas tropicales. 

En este ceñidor, que á la cintura 
de aquélla, borda el resplandor febeo, 
quiso además, solícita Natura, 
realzar un lujoso camafeo, 

con cien islas, rientes de hermosura, 
cual pudiera pintarlas el deseo; 
diadema de esmeraldas que corona, 
la intertropical, tórrida zona. 

Así, de cielo y tierra requebrada, 
como otra Venus de eternal belleza, 
en medio de dos mares situada, 
América ostenta su riqueza; 

y con ansias de virgen ataviada, 
que por amor á desvelarse empieza, 
muestra, inocente, sn preciado seno 
que al cielo ostenta de abundancia lleno. 



CANTO II 



LOS ARGONAUTAS 



LOS ARGONAUTAS 

Sl día tres de Agosto, á la alborada, 
año noventa y dos, mil cuatrocientos, 
abandonando de Moguer, la rada, 
se daban á la mar tres bastimentos, 

que, á favor de la brisa levantada, 
gallardos, en poquísimos momentos, 
se fueron de las costas apartando 
con rumbo Sudoeste navegando. 

Los naos eran que Castilla fía 
á Cristóbal Colón ^ gran mareante 
que á las Indias llegar se prometía 
por el camino opuesto al de Levante, 

una era la Real Santa Ma?'ía 
que gobierna el novísimo Almirante, 
y la Pinta y la Niiía se llamaban, 
las que los dos Pinzones comandaban. 

Los pilotos, llegar hasta la altura 
querían de las islas Fortunadas, 
desde donde, tomar en derechura, 
por marítimas vías nunca aradas; 

pero, un percance, que á la Pinta apura, 
les fuerza, tres semanas, bien contadas, 
hacer en las Canarias estadía 
buscando reparar esa avería. 



LOS ARGONAUTAS 23 

Un náutico ejercicio placentero 
dispuso el Almirante que se hiciese, 
para pasar el rato más ligero 
todo el tiempo que al ancla se estuviese; 

y, en tanto, el descansado marinero 
no mano sobre mano se aburriese; 
mas en risa, bullicio y pasatiempo, 
matara el ocio y divirtiera el tiempo. 

Así tres grandes bochas de madera 
por orden de Colón fueron labradas, 
cuidando de dejarlas por afuera 
con pez, resina y brea bien untadas. 

Quedaron como tres bolas de cera, 
en tal guisa redondas y alisadas, 
que no era empresa baladí cogerlas 
y menos sobre el agua retenerlas. 

La gracia de este juego consistía 
en que echadas las tres al oleaje, 
con miras de captarlas se echaría, 
á nado, el voluntario marinaje; 

más como evitar pleitos convenía, 
la consigna se dio al matalotaje, 
que del primero que cogiese una 
sería el galardón con la fortuna. 



24 LOS ARGONAUTAS 



Anuncióse, además, á la escuadrilla 
haberse una regata concertado, 
á correr la distancia de una milla 
contándose el regreso al mismo lado; 

remitiendo á este fin, una barquilla 
cada bajel al sitio del jurado, 
que, como es natural, se sentaría 
á bordo de la Real Santa María. 

Fué con solemne pompa referido 
el orden de los premios; y el primero, 
era un costosísimo vestido 
á usanza y al estilo marinero. 

Este regalo fué constituido 
para aquel que, más ágil ó mañero,, 
cualquiera de las tres bolas lograra 
y alzándola del agua la mostrara. 

Y sendas gorras finas, no estrenadas > 
con un airón de plumas de colores , 
de un cerquillo de raso veteadas, 
esmaltadas en él varias labores, 

fueron las ricas prendas señaladas 
para aquellos más buenos contendores 
que, con diestro timón y ágil remo, 
primeros arribasen al extremo. 



LOS ARGONAUTAS 25 



En cada carabela los pilotos 
andaban á la chusma entusiasmando; 
siendo de ver las prisas y alborotos 
de éste, de aquél y del estotro bando. 

Cien apuestas, y díceres, y votos, 
se conciertan y vanse barajando. 
La Pinta y Niña arrían batelones 
donde embarcan garridos campeones. 

No bien fueron llegados á la cita 
escalaron á bordo la Almiranta; 
entonces, sí, fué sórdida la grita 
que por los aires cunde y se levanta; 

la chusma sobre el puente anda y se agita, 
cada equipo se reta y solevanta, 
desnudos los más ágiles se ponen 
y lanzarse á la prueba se disponen. 

Los cuerpos, de la ropa desceñidos, 
el Sol de Cáncer con su fuego entona, 
halagando la piel y los oídos 
un aura bonancible y juguetona; 

Colón y los pilotos reunidos 
están á popa, bajo fresca lona; 
ya en el agua los tres globos flotantes 
se muestran á los ojos incitantes. 



26 LOS ARGONAUTAS 



De pie, sueltos los brazos y dispuestos 
á los cimbeles arrojarse, á nado, 
todos los contendores en sus puestos 
aguardan el aviso concertado; 

un cañonazo resonó, y prestos, 
con ímpetu brioso, arrebatado, 
sin tregua, ni compás, desde cubierta 
prepáranse á saltar en pugna abierta. 

Unos lo hacen lisa y llanamente, 
empezando á nadar con ligereza; 
otros se echan atrás, primeramente, 
para tirarse al agua de cabeza; 

y no pocos se paran de repente, 
pegan un brinco, con gentil firmeza, 
y en salto mortal, limpio y redondo, 
caerse dejan al obscuro fondo. 

En menos que lo digo se presentan, 
á flote resurgiendo todos ellos; 
abren las bocas que la brisa alientan, 
sacuden presurosos los cabellos, 

y, en seguida, solícitos se orientan 
en demanda los tres globos aquellos, 
por las ondas del baño más distantes 
del sitio donde se mecían antes. 



LOS ARGONAUTAS 27 



Como son excelentes nadadores 
y la ocasión se presta al lucimiento, 
mil juegos ejecutan y primores 
con notable vigor y atrevimiento, 

á guisa de ejercicios precursores 
de la suprema prueba del intento, 
por tácito convenio diferida 
para punto final de la partida. 

Ora, con algazara y fuerza suma 
las sosegadas linfas chapotean , 
y de un turbión de aljófares y espuma 
se rocian, salpican y batean; 

Ora, de espaldas, como leve pluma, 
al rítmico vaivén se balancean, 
hundiéndose, de pronto, cuantas veces 
nadan entre dos aguas como peces. 

De la suerte, que oliendo la carnada 
flotante en alta mar sobre las olas, 
acuden los delfines, en bandada, 
las aguas azotando con las colas: 

que alrededor la presa codiciada 
dan saltos, volteretas y cabriolas, 
y á fuerza de coleos y aletazos, 
tiran de ella, hácenla pedazos; 



28 LOS ARGONAUTAS 

De este modo, la chusma marinera, 
dando á sus juegos fin, ora se apiña 
en tres grupos, en torno cada esfera, 
con prisas de infantil arrebatiña; 

cogerlas buscan de cualquier manera; 
todo es desorden, confusión y riña; 
mientras á tanto golpe redoblado, 
van aquéllas del uno al otro lado. 

Pero en una de tantas sacudidas, 
las bochas rebotando, tal se alejan, 
que muchos jugadores, ya rendidas 
ambas extremidades, al fin, cejan; 

á sus rivales de fuerzas más sufridas 
la conclusión de la partida dejan, 
y atrás cían perdida la esperanza 
de ganar el trofeo y la alabanza. 

Los únicos en campo se quedaron 
tres robustos marinos, tres atletas, 
quienes todos sus bríos ensayaron 
por retener las bochas inquietas, 

y al circunstante público asombraron 
con sin cuento de ardides y de tretas, 
cuantas veces, al ir á ganar uno, 
los otros se lo estorban de consuno. 



LOS ARGONAUTAS 29 



Ninguno de los dos rivales gana 
á lince, á estratégico y mañero, 
á un tal Rodrigo, de apellido Triana, 
alistado en la Pinta de gaviero; 

que aunque garzón, aunque de edad temprana, 
en toda maniobra es el primero, 
y en ocasión del juego ora metido, 
tampoco quiere ser de otros vencido. 

Pues el dicho mancebo, como viera 
que si bien á sus émulos vencía 
en pulmones y en vista más certera, 
de nada todo esto le servía, 

porque apenas tentaba alguna esfera 
cualquiera de los dos le acometía, 
que, ó bien de un empellón se la quitaba, 
6 tiempo de agarrarla no le daba; 

Los tres juguetes reunir procura 
que estaban , al azar, desconcertados ; 
los empuja adelante con prestura 
hasta ver sus contrarios rezagados; 

luego, con mucho ingenio y travesura , 
notando que éstos quedan distanciados, 
dos bochas para cebo allí les deja 
y empujando la otra más se aleja. 



30 LOS ARGONAUTAS 

Libre de estorbos el garzón ladino, 
de nuevo da principio á la tarea, 
y aunque el lustroso globo, de contino, 
se escurre, se sumerge ó bambolea, 

Rodrigo, con astucia de felino, 
lo calma, lo acaricia, lo tantea, 
y en un instante, con gentil donaire, 
lo alza en vilo, suspéndele en el aire. 

No de otro modo Hipómenes venciera 
en palio á la intrépida Atalanta, 
amazona gentil que en la carrera 
á todos los atletas se adelanta; 

tres pomas, de una en una, á la ligera, 
aquél le echó; la virgen las levanta; 
á cuyo tiempo, su rival mañoso, 
le alcanza y queda en campo victorioso. 

El gozo con que ha visto de Rodrigo 
el término felice de su empresa, 
el vocinglero público testigo 
con aplausos y vítores le expresa; 

en tanto, aquél, trayéndose consigo 
el trofeo, á bordo ya regresa, 
para obtener, con la modesta gloria, 
la prez y galardón de su victoria. 



LOS ARGONAUTAS 3 I 



Terminado este náutico ejercicio, 
sosegada la turba, ya repuesta 
de los pleitos, escándalo y bullicio, 
factores obligados de una fiesta, 

en breve se aprestó para el servicio 
de la regata por Colón dispuesta, 
en la cual , más que el lucro, era la honrilla 
lo que se disputaba la escuadrilla. 

Sus botes más esbeltos y ligeros 
habían ya la Pinta y Niña enviado, 
con la nata y la flor de sus remeros 
cada uno de ellos tripulado. 

La almiranta eligió sus marineros, 
también de lo mejor y más granado; 
en su bote más rápido los puso 
y á las otras, ufana, los opuso. 

Ufanos los bateles se mostraban, 
las linfas recortando á su albedrío, 
mientras los tripulantes ensayaban 
los remos, el timón, nervios y brío, 

con otras gallardías que inflamaban 
los encontrados gustos del gentío, 
en tales casos siempre fluctuando 
en pro ó en contra de uno ú otro bando. 



3^ LOS ARGONAUTAS 



Quién entre los curiosos prefería 
un bote de los tres que vía delante, 
porque con gusto estético atendía 
al de hechura y perfil más elegante; 

quién el seguro triunfo predecía 
ateniéndose á un bando contrincante; 
y quién llevaba á todos la contraria 
por ser aquesto, en él, cosa ordinaria. 

En éstos, en esotros argumentos, 
y el recreo de armónico sonido 
de varios musicales instrumentos, 
el tiempo transcurría inadvertido; 

cuando, al fin, el jurado reunido 
ocupa como antes sus asientos, 
y anuncia la señal que se pusiera 
á una milla de trecho la bandera. 

Buen golpe de insulares, en el puerto, 
dando alaridos de placer se asoman 
y en la anchurosa playa, al desconcierto, 
en apretados grupos se amontonan; 

otra porción, con más feliz acierto, 
por las laderas de los montes toman, 
desde donde la vista se derrama 
en curioso y soberbio panorama. 



LOS ARGONAUTAS ^3 



Á bordo, se confunden y apelotan, 
entre sí, los alegres marineros, 
del lado aquel do las barquillas flotan 
con los prontos y ágiles remeros; 

los más curiosos al flechaste trotan 
y á las vergas, haciendo de gavieros, 
para observar, con detenido examen, 
los lances y sorpresas del certamen. 

Y, cuando todo se encontró dispuesto 
para darse la orden de partida, 
y los finos esquifes, en su puesto, 
esperan impacientes la salida, 

otro estampido resonó, y en esto, 
•con vigorosa y pronta sacudida, 
cada lancha ligera se desata 
ansiosa de vencer en la regata. 

¿Visteis un escuadrón de paladines 
preparado á justar, por el deseo 
de adornarse con nuevos lambrequines 
las prendas señaladas de trofeo, 

no bien el agrio son de los clarines 
■da señal que en la pista del torneo 
pueden los campeones dispararse 
y las ansiadas cintas disputarse? 

3 



34 LOS ARGONAUTAS 



¿Visteis el escuadrón cómo se ordena 
en rigurosa fila de batalla? 
Cada ginete su corcel refrena 
que, ansioso de partir, bufa y se engalla; 

el alegre clarín súbito suena; 
á cada contendor dispuesto halla, 
y el escuadrón, en rápido momento, 
echa á correr, parejas con el viento. 

Pues así, cada alígera barquilla 
á un golpe de los remos , vigoroso, 
obediente al timón, con fácil quilla, 
vuela, no corre, por el puerto undoso, 

azuzada por toda la escuadrilla 
y los vivas del público curioso, 
aquélla, por sus nombres señalando, 
los campeones de uno y otro bando. 

Desde la nave capitana grftan 
á su bote, infundiéndole coraje; 
los de la Pinta y de la Niña incitan, 
de otra parte, también á su equipaje; 

y aquellos son, que rnás se desgañitan, 
que á la vanguardia ven de aqueste viaje, 
la lancha favorita, á cuya quilla, 
su dinero jugaron ó la honrilla. 



LOS ARGONAUTAS 



35 



Al correr de los botes se veían 
dos á dos, los remeros en su banco, 
cómo con sendos remos dividían 
los cristales por uno y otro flanco, 

mientras los timoneles atendían, 
mirando ansiosos al reñido blanco, 
por la línea más recta y más segura 
llevar la embarcación en derechura. 

Casi á un tiempo, en una misma raya, 
atravesó la trinca volandera 
la milla justa que en la mar se explaya, 
entre el punto de arranque y la bandera; 

mas siendo, de rigor, que, de aquí vaj^a 
de vuelta al sitio de la vez primera, 
cada barquilla, haciendo una ciaboga, 
con nuevo ahinco, presurosa boga. 

No tanta rapidez, ni maña tanta, 
despliega el avestruz americano, 
cuando ve al cazador que se adelanta 
con las dos boladoras en la mano; 

bate las alas, el caballo espanta 
y de un esguince escúrrese liviano; 
como las tres barquillas desplegaron 
cuando, obedientes al timón, viraron. 



36 LOS ARGONAUTAS 

En los momentos críticos, supremos, 
que á la meta final se avecinaban , 
era de ver los bríos, los extremos, 
que los rivales todos empleaban; 

las rápidas bogadas de los remos 
y el arte, con que así se soliviaban, 
cual se ve al delgado carrerista 
corriendo su caballo por la pista. 

El bote de la nave capitana 
delante de sus émulos venía; 
luego, con quilla á la de aquél rayana, 
rápido el de la Pinta proseguía; 

y á retaguardia de los dos , se afana , 
sin perder la confianza y la energía, 
el de la Niña^ con tal tino y provecho, 
que, á poco rato, les iguala el trecho. 

Puestos en parangón , los tres partidos 
bogan, forcejan, gimen, y jadean; 
los brazos, todavía no rendidos, 
los ponderosos remos aletean; 

y todos los curiosos reunidos, 
inciertos y dudosos titubean 
en predecir cuál llegará primero, 
de entre los tres, al límite postrero. 



LOS ARGONAUTAS 37 



Al cabo, nuevamente, á la cabeza 
se pone, y á los otros se adelanta, 
ó, por más fuerza ó por mayor destreza, 
el bote que se arrió de la almiranta. 

En ésta aplauden su sin par guapeza , 
y el equipaje la victoria canta 
creyendo han de ser sus compañeros 
quien á la meta llegarán primeros. 

Cuando, sentido de ominosa afrenta, 
sin oir á la zángana zozobra, 
su rival de la Pinta se violenta; 
en un minuto la ventaja cobra; 

y en la meta final sólo se ostenta , 
con rápida y certera maniobra, 
dejando á sus contrarios rezagados, 
y, loque vale más, desengañados. 

Gallarda prueba de sus fuerzas dando 
no obstante haber rendido todo el viaje, 
algunas brazas prosiguió bogando 
con idénticos bríos y coraje; 

poco á poco, el batel fueron ciando 
y en ordenado, rítmico viraje, 
atracaron al sitio del jurado 
á recibir las gorras de brocado. 



38 LOS ARGONAUTAS 



Pocos días pasados de esta fiesta, 
estaba ya la Pinta reparada; 
y del agua y víveres repuesta, 
pronta para salir, quedó la armada; 

Colón, con alegría manifiesta, 
dio orden de zarpar, y la ensenada 
de Gomera, las carabas dejando, 
siguieron de una en una ponteando. 



¥ ¥ ¥ 



CANTO III 



EL PICO DE TEIDE 



EL PICO DE TEIDE 

Cos ó tres singladuras alejadas 
estarían de aquí, las carabelas, 
navegando, en conserva, alineadas 
al blando empuje de batientes velas; 

á su paso, las aguas sosegadas 
recargando de férvidas estelas 
cuantas veces las tres orzan, bordean 
6 con sesgo feliz, barloventean; 

Que, sacudiendo la nevada frente 
el sublimado pico de Canarias, 
— Teide titán, al parecer durmiente, 
á quien el grupo entero rinde parias — 

derramó su mirada omnividente 
por encima sus nieblas legendarias, 
viendo sin conocerlas, por de pronto, 
las naves de Colón surcando el ponto. 

Por un momento, se quedó perplejo^ 
dudando si quizás ellas serían, 
tres gaviotas, que al mágico reflejo, 
de los rayos del Sol se engrandecían; 

mientras con suave, juguetón gracejo» 
al vaivén de las olas se mecían, 
salpicada de aljófares y espuma 
la deslumbrante, inmaculada pluma. 



EL PICO DE TEIDE 4 1 

O si no, corredoras nubéculas 
de aquéllas que el océano figura 
poner á flote, en guisa de barquillas 
de la más fina, celestial blancura; 

hasta que, en pelotones ó escuadrillas, 
desertando la acuática llanura, 
á los cielos se alzan, vagorosas, 
lastradas de vesículas acuosas. 

Quiso salir al fin de incertidumbre 
el cauteloso cíclope canario, 
y explorando, mejor que de costumbre, 
el anchuroso, undívago escenario, 

reconoció, desde su excelsa cumbre, 
ser los leños de un nauta temerario 
aquello que á lo lejos se movía, 
y á ras del horizonte se perdía 

¿Visteis sobre la cumbre de un cerrillo 
con vistas á los campos y á la playa, 
erguirse un estratégico castillo 
á manera de procer atalaya? 

Adentro el centinela del rastrillo 
por todas partes su mirada explaya, 
para dar el alerta y el quién vive 
al viandante que alredor percibe. 



42 EL PICO DE TEIDE 

Súbitamente, párase y recela 
de alguien que la niebla se lo tapa; 
registra el horizonte, con cautela, 
pero el bulto se encoge y agazapa ; 

¿El chasco no reís del centinela 
cuando el espía irguiéndose se escapa? 
Pues, es nonada la sorpresa ésta, 
comparada al que Teide manifiesta. 

«¿A do va? — prorrumpió Teide asombrado - 
¿A do va esta mísera flotilla 
que así se atreve al piélago sagrado 
con prora audaz, con petulante quilla? 

¿Cuál nauta habrá sido tan osado 
para impulsarla á abandonar la orilla, 
y no contento, el límite franquea 
del horizonte que mi cima otea? 

¡Guay de vosotros, voladores leños, 
que corréis los azares de la suerte!; 
porque sois miserables y pequeños 
la onda con vosotros se divierte; 

mas si pensáis haceros del mar dueños, 
tendréis el desengaño con la muerte; 
¡Atended que la pérfida bonanza 
al seguro naufragio os abalanza! 



EL PICO DE TEIDE 43 



Yo he visto, sí, magníficos navios 
andar por este mismo derrotero, 
salvando, cual vosotros, los bajíos 
de las Afortunadas donde impero; 

los mares asaltáronles bravios 
y torcieron su curso aventurero : 
naos eran , no pobres carabelas , 
y, amedrentadas, amainaron velas. 

¿Ó es que vosotros presumís, acaso, 
invadir con más próspera fortuna 
el escondido reino del ocaso, 
de donde no volvió nave ninguna? 

Como á otras también os abre paso 
el mar terrible, zalamero os cuna, 
para, en un abrir y cerrar de ojos, 
repartirse después vuestros despojos. 

Yo, Teide, que orgulloso en el extremo 
del Pico estoy, en trono de amatista, 
yo también, lo confieso, también temo 
de hito en hito, sostener la vista 

del Océano Atlántico supremo, 
¡mi secular, mi digno antagonista! 
cuántas veces airado se alborota, 
y, con furor, mi pedestal azota. 



44 EL PICO DE TEIDE 



¿Qué mucho que le tema, si Perseo, 
que cortó la cabeza á la Gorgona, 
y, el otro que, al mandado de Euristeo, 
doce hazañas con éxito corona, 

el paso detuvieron giganteo 
apenas allegados á esta zona? 
No pasaron de aquí, el ponto vieron, 
y el camino ganado deshicieron. 

Ellos, los gananciosos en cien lides, 
cuya póstera fama aún resuena; 
ellos, los invencibles adalides 
de fiero gesto, de olímpica melena, 

Perseo, en fin, y sobre todo Alcides, 
hijo ilustre de Júpiter y Alcmena, 
que á las hijas de Atlante su tesoro, 
audaz, robó de las manzanas de oro. 

Aquí se las tomó; en las risueñas 
islas del archipiélago Canario 
plantadas, como oasis, en las peñas 
del espacioso ponto solitario; 

aquí, do las Hespérides por dueñas 
se fijaron, á juro hereditario, 
entonces, que su Atlántida perdieron, 
y en este nuevo edén se establecieron. 



EL PICO DE TEIDE 45 



Parece que fué ayer, cuando aquí mismo, 
desde mi alta nebulosa cima 
presencié el sublime cataclismo, 
cuyo recuerdo siempre me lastima; 

un imperio rodando hacia el abismo, 
un mar entero que sobre él se encima, 
y eruptos mongibelos, su metralla, 
lanzando sobre el campo de batalla. 

Errantes por el piélago desierto 
vi entonces acudir las Siete Hermanas, 
que algún propicio dios puso á cubierto 
de las tremendas iras soberanas; 

buscando, ansiosas, un seguro puerto, 
llegaron á estas ínsulas lejanas, 
do tranquilas vivieron, hasta tanto, 
que Alcides vino á deshacer su encanto. 

De esta hecha, cual suele en primavera, 
de garzas , una banda peregrina , 
arribar felizmente á esta ribera 
desde un país del África vecina; 

mas, luego, alrededor de la albufera 
avizorado un cazador camina, 
párase, apunta, tira, el blanco j^erra, 
y las garzas se mudan á otra tierra; 



46 EL PICO DE TEIDE 



Medrosas, las pacíficas doncellas 
abandonaron el terráqueo suelo, 
para ir, convertidas en estrellas, 
á aposentarse en el alegre cielo; 

donde juntas, sin penas, sin querellas, 
libres, en fin, de virginal recelo, 
por la serena bóveda pasean 
y en el mar de su patria cabrillean. 

jOh tiempo veleidoso é inconstante! 
¡Oh pérfida mudanza de las cosas! 
¡En qué pararon el coloso Atlante 
y su imperio y sus hijas amorosas! 

¿Quién, mirando este océano brillante, 
al través de sus linfas silenciosas, 
que un continente ñié, adivinaría, 
rico y poblado cuando Dios quería? 

¿Ni quién, ya siglos hace, predijera 
con quejumbroso treno de adivino, 
que, después, cuando Atlántida yaciera 
en gigante sarcófago hialino, 

un hombre, un navegante, se atreviera, 
¡oh sarcástica fuerza del destino!, 
á rayar con el plan de los puntales 
de esta urna, los líquidos cristales? 



EL PICO DE TEIDE 47 



Ved, si no, la escuadrilla casquivana 
que, en lontananza, piérdese y se aleja, 
cuál corta con sus quillas la sabana 
del mar ignoto, que explorar se deja; 

algún genio de estirpe sobrehumana, 
por fuerza, es quien la guía y la maneja, 
cuando, así, tan gallarda, desafía 
la inmensidad de la extensión vacía. 

; Habrá Jasón tal vez resucitado 
su temerario codicioso empeño, 
para pedir al ponto de este lado 
otro tesoro de que hacerse dueño? 

¿Habrán los argonautas dispertado 
de su profundo, milenario sueño, 
y, cortando otra encina de Dodona, 
lanzádose de nuevo á aquesta zona? 

Pero no, porque á tanto el jefe griego 
ni sus cincuenta amigos aspiraron; 
vinieron á estas ínsulas, mas, luego 
que el jardín ya esquilmado visitaron , 

medrosos del ocaso, con sosiego, 
la proa hacia el Estrecho enderezaron, 
desde donde, siguiendo vía reta, 
al mar riente que circunda á Creta. 



48 EL PICO DE TEIDE 



Al mar aquel, de náyades poblado 
que el carro de Cibeles balancea, 
siendo, entre tantos otros, consagrado 
para cuna de Venus Citerea; 

al mar, en fin, cerúleo, sosegado, 
que la isla de Ariadna festonea, 
tan distinto del piélago alteroso 
que, á mis pies, se columpia magestoso. 

A bordo, pues, de su bajel parlante, 
de aquí los argonautas se partieron, 
los únicos, quizás, que al mar Atlante 
su fiero orgullo, avasallar pudieron; 

con ellos, por las costas de Levante, 
también mis esperanzas se perdieron, 
de averiguar el no sé qué de raro, 
que el ponto esconde como viejo avaro. 

¿Pero quién hay que la última centella 
no guarde de una plácida esperanza? 
La esperanza gentil, tanto mas bella 
cuanto da más trabajo al que la alcanza; 

mariposa fugaz, tras cuya huella, 
el hombre presuroso se abalanza, 
por más que al apresarla con la mano, 
deje, tan sólo, su polvillo vano. 



EL PICO DE TEIDE 49 



Por esto, aquella la esperanza mía 
no del todo de mí se ha despedido; 
en ella me mantengo, todavía; 
ella es siempre mi ensueño más querido, 

¿Cuándo será que llegue aquel buen día 
que un nauta pase el límite temido, 
trayendo, á su regreso, las albricias 
de raras y magníficas noticias? 

Más, ¡ay!, siglos y siglos han pasado 
■con lenta, con cansada pesadumbre, 
■dejándome rendido y extenuado 
sin voz de trueno, sin ciclópea lumbre; 

pluma á pluma, los tiempos se han llevado 
la esplendente cimera de mi cumbre, 
quedándome la nieve, solamente, 
para diadema de mi augusta frente; 

Y aun estoy esperando aquella lona 
que, hinchada, empuje la flotante quilla, 
para dar el asalto al ardua zona 
por el mar arrullada en la otra orilla. 

¿Qué digo? Tan siquiera la intentona 
he visto, si no es ésta, de sencilla 
escuadra de pequeñas carabelas, 
que el agua asombra, con boyantes velas. 

4 



50 EL PICO DE TEIDE 



Un tiempo vi , la mercenaria flota 
que equipara Necao el egipciano, 
dando la vuelta desde Ofir remota 
al continente próximo africano; 

un punto presumí que la derrota 
desviara adentro el Océano; 
mas, de largo pasó con su tesoro 
de mirra, especias y marfil y oro. 

Años y siglos, épocas y edades, 
otra vez, á su turno, desfilaron 
con sus cambios, mudanzas, veleidades, 
que lo invirtieron todo y alteraron; 

ya, las naves aquestas soledades 
ni una vez, tan siquiera, visitaron; 
de suerte, que cualquier otro creyera 
que el mundo un vasto cementerio era; 

Cuando, por fin, una feliz mañana 
en la que Sol y brisas , á porfía , 
barrieron de mi cima soberana 
la niebla pertinaz que la cubría, 

cierta escuadra atisbé, algo lejana, 
con viento en popa, que hacia mí venía, 
gozosa de encontrar en alto piélago, 
tan singular, tan plácido archipiélago. 



EL PICO DE TEIDE 5 1 

No con presteza tal se desordena 
de las abejas el enjambre alado, 
cuando, desde la próvida colmena 
un campo ve de flores esmaltado, 

ni de tanta alegría se enajena 
revolando, del uno al otro lado, 
para libar el sacarino jugo 
con que Flora invitarle se complugo; 

Como los navegantes de Castilla 
las prisas redoblaron, los empeños, 
y, á vela y remo, la pesada quilla 
ansiosos ayudaron de sus leños, 

para asaltar la descubierta orilla, 
y, mal grado los díscolos isleños, 
esculpir en los ásperos peñones, 
la torre y el león de sus blasones. 

¿A qué decir de aquestos extranjeros 
la altiva pompa de sus naves reales 
sorteando, con vientos lisonjeros, 
el dédalo, sin fin, de estos canales; 

lo excelso de los altos masteleros; 
la altitud de los húmedos puntales, 
y, demás , pura afrenta de piraguas 
que, hasta entonces, surcaron estas aguas? 



52 EL PICO DE TEIDE 



Á SU vista, la plácida confianza 
de lo íntimo surgió del pecho mío, 
no á tanta veleidad, burla y tardanza 
rendida y desmayada todavía; 

que, al fin y al cabo, premia la esperanza 
al crédulo, que en ella se confía; 
nunca es sobrado tarde cuando llega, 
y en nuestros brazos trémulos se entrega. 

Cálmate, ya, anhelo devorante 
— decía á mi ansiedad con ella á solas — ; 
déjame en paz, sosiégate un instante; 
pues llegaron las naves españolas, 

una habrá arriscada, lo bastante 
para lanzarse á las hirvientes olas, 
queriendo, como tú, saber en dónde 
acábase este mar y el Sol se esconde. 

¿Ayer no más al puerto venturoso 
arribaron, do gráciles, se explayan, 
y, ya quieres que en viaje peligroso 
al través del Atlántico se vayan? 

concédelas un punto de reposo 
quizá sus fiíerzas, mientras tanto, ensayan; 
yo te fío que pronto, sí, muy pronto, 
ellas han de salir al alto ponto. 



EL PICO DE TEIDE 53 

¿Por ventura este náutico boato 
que el agua asombra y regocija al viento, 
no pasará de estéril aparato, 
de engañosa bambolla de un momento? 

¿O es el español tan insensato 
que, por servido dése y muy contento, 
con haber este término tocado 
por anteriores nautas alcanzado? 

¡No y mil veces no!; el castellano 
en más su pundonor y estima tiene, 
ni á este simple archipiélago africano 
su afán de gloria y ambición se aviene; 

por algo más delante el Océano 
alardea y firme se mantiene; 
por algo que, solícito madura, 
y, que en parte, á mí se me figura. 

Esto, yo, en ocasiones, me decía 
que á la sombra de mi égida ancoradas 
las naves de Castilla descubría 
con sus proas, al piélago apuntadas; 

esto, con más ahinco, repetía 
cuando, las firmes áncoras levadas, 
movíanse, primero con pereza, 
en seguida, con pronta ligereza. 



54 EL PICO DE TEIDE 

Mas, del modo que en rápida algazara, 
de potros la manada se alborota 
y, abandonando la materna piara, 
con suelta crin que la cerviz azota, 

huye al galope, lejos se separa, 
hasta que al fin, desanimada trota 
vuelve grupas y escapa á la carrera, 
al rodeo de yeguas que la espera. 

Así, también, las naves castellanas 
el amoroso puerto abandonando, 
soltáronse, una y cien veces, ufanas, 
con altanero rumbo navegando; 

pero, al punto, que viéronse lejanas, 
de una en una, aquí fueron tornando 
donde, al arrimo de vicioso anclaje, 
cansadas desistieron de su viaje. 

¿Cuál cosa, pues, la mar tiene aprontada 
en sus vastas magníficas regiones, 
que así pone en constante retirada 
á los fuertes ibéricos leones? 

¿Qué muchedumbre, qué caterva alada 
de vampiros, quimeras y dragones, 
asustan la mirada del marino 
y le hacen volver de su camino.^ 



EL PICO DE TEIDE 55 

¿Será verdad que en alta mar distante, 
al vaivén de la férvida marea, 
un escuadrón fantástico volante 
de endriagos monstruosos se pasea, 

que, allá en sus antros, la infeliz Atlante 
con rabia y furia y con rencor procrea, 
para escupirlo, luego, venenosa, 
hasta la faz de la planicie acuosa? 

¿O es la inmensidad desierta, muda, 
sin límites, que augusta se despliega 
ante la vista, perspicaz y aguda, 
del nauta que el Océano navega, 

quien infunde en los pechos triste duda, 
y de manera tal desasosiega, 
hasta dejar ociosos en la orilla 
los triunfantes bajeles de Castilla? 

¿No se avergüenzan éstos, no se afrentan 
de verse juntos al amparo mío, 
cual cobardes guerreros que se cuentan 
antes de responder al desalío? 

¿Por qué entonces magníficos ostentan 
tanta pompa, grandeza y poderío? 
(Vanidad todo al cabo, orgullo vano, 
desprecio del Atlántico Océano! 



56 EL PICO DE TEIDE 



Y pensar que una mísera flotilla, 
aquella cuyo rastro ya he perdido, 
zarpó de aquí, de la vecina orilla 
sin pompa, sin alardes, sin ruido! 

¡Así al orgullo la modestia humilla, 
así el pigmeo al grande presumido, 
cuando éste de pie baladronea 
y con brillante arnés se pavonea. 

¡Salve, salve, pequeñas carabelas 
que así os lanzasteis al temido viaje! 
Yo os envío, en pos vuestras estelas, 
mi ardiente amorosísimo homenaje; 

suaves etesios inflen vuestras velas; 
¡Dios quiera que volváis con el mensaje 
de haber con suerte próspera invenido 
el secreto que el mar tiene escondido! 

Y tú , ¡ mortal ó genio sobrehumano ! ; 
tú, su Jasón, su heroico almirante 

que á disputar un algo al Océano 
te abalanzas con ímpetu arrogante: 

no desmayes, no des paz á la mano 
ni dejes de seguir siempre adelante, 
porque el cielo al final de tu camino 
ha de darte el dorado vellocino. — » 



EL PICO DE TEIDE 57 

Así habló Teide, en tanto que la flota 
por el piélago inmenso se perdía 
sin cejar en la impávida derrota 
que Cristóbal Colón trazado había; 

Colón, sí, que la tierra más remota 
con los ojos del alma entreveía, 
y por el ponto Atlántico se lanza, 
por la fe conducido y la esperanza. 



¥ y y 



CANTO IV 



LA ISLA ENCANTADA 



LA ISLA ENCANTADA 

TTfana navegando va la flota 
adentro de aquel mar desconocido, 
sin más guía, más brújula y derrota 
que vía recta adonde el sol caído; 

ya perdidos el cómputo y la nota 
de las millas que había recorrido, 
nadie sino Colón decir pudiera 
su número y la cuenta verdadera. 

Siempre espaldas al Sol, contra Levante, 
impávidos los nautas proseguían 
escudriñando á proa, por avante, 
si por acaso tierra descubrían; 

la constancia, la fe del Almirante 
esperanzas á todos infundían; 
por esto en su conducta se fiaban 
y las millas corridas no contaban 

El mar, desierto inmenso sin orillas, 
según el necio error se lo figura, 
variada exposición de maravillas 
ofrece á cada nueva singladura; 

y ante el bauprés de las aladas quillas, 
resurgen de la acuática llanura, 
como evocadas por riente hada, 
mil visiones que alegran la jornada. 



LA ISLA ENCANTADA 6 1 



Acariciados por favonio blando, 
de las azules ondas sostenidos, 
en escuadras los náutilus, bogando 
van sus conchas de nácares pulidos; 

alados peces, en errátil bando, 
las quillas al sentir, despavoridos 
salen del agua, perlas goteando 
de las escamas cuando van volando. 

Los ballenatos, en familia, yendo, 
con majestad solemne y mesurada, 
desde un polo hasta el otro recorriendo 
la inmensidad de la región salada, 

por anchos espiráculos vertiendo 
dos turbiones de agua, matizada, 
de todo un arco-iris de colores 
cual suelen ofrecer los surtidores. 

El mismo mar ostenta su sabana 
recamada de pintas á porfía; 
de algas verdegay, de ovas de grana, 
de blancos copos que la espuma cría; 

ó si no, invariable, lisa, llana, 
sin más adornos, gala ni ufanía 
que la severa paz del glauco fondo 
y el esplendor del ámbito redondo. 



02 LA ISLA ENCANTADA 



Y el cuadro, iluminado á maravilla, 
por derroches de luz, luz soberana 
de un almo sol, que cual diamante brilla 
en cúpula turquí de porcelana; 

lustre que empaña á veces la escuadrilla 
de una que otra nubecita vana 
como rocas del aire, ó bien, pellones 
de blancos y apretados algodones. 

¡Dichosos argonautas! Ora al menos 
paseáis estas vastas soledades 
con viento en popa, á toda vela, ajenos 
al embate de mil dificultades 

que aqueste mismo mar, allá en sus senos» 
fermenta en sirtes, trombas, tempestades, 
para atajar al buque y al marino, 
como esfinge que asalta al peregrino. 

Porque este mar azul, aurirrollante, 
así como á vosotros se aparece, 
cuando, al beso de aliseo constante, 
los desplegados linos favorece, 

caprichos tiene de feroz gigante 
que ríe al pronto, al pronto se enfurece, 
asustando con locas veleidades 
la amplitud de sus vastas soledades. 



LA ISLA ENCANTADA 63 



Es un atleta, que la férrea maza 
de algas viste, de perlas y corales; 
rízalos labios, con amor se abraza 
á náyades sudadas de cristales; 

mas, súbito, ceñudo las rechaza, 
y cual ogro de cuentos orientales, 
á los abismos de su seno envía 
aquellos á quien antes sonreía. 

Aunque tranquilo, á la sazón, y terso 
do quiera á vuestros ojos se difunda, 
el elemento es que al universo 
como un anillo de cristal circunda; 

monstruo insaciable, ávido y perverso, 
tres cuartas partes de la tierra inunda, 
y sin cesar, ganando va la playa 
que Dios le puso por frontera y raya. 

Como suele el león de hambre dispierto, 
espiar á las tardas caravanas 
desde el oculto antro del desierto, 
allá en las llanuras africanas, 

que camina el convoy al descubierto 
y el león de repente, entrando en ganas, 
bate la cola, la melena eriza 
y en campo abierto sale y mueve liza: 



64 LA ISLA ENCANTADA 



Así también, el ponto, de contino, 
cuando rendido á vuestros pies se echa, 
debajo de su fondo cristalino, 
de hito en hito, al navegante acecha; 

y, avaro y terco, como cruel felino, 
del más leve descuido se aprovecha, 
para sorber y devorar hambriento 
cuanto flote ó caiga en su elemento. 

Ya que ahora la mar adormecida 
está por suave, misterioso encanto; 
ó, tal vez, escuchando entretenida 
de sus ondinas el vicioso canto, 

pasad, ¡oh carabelas!, de corrida, 
sus terribles dominios , entre tanto ; 
no sea que dispierte de su sueño, 
y os interrogue con arcado ceño. 

No sea que á un capricho obedeciendo 
de cuantos aportó para sí en dote, 
se vaya, poco á poco, enfureciendo, 
aguas, vientos, arenas alborote; 

y vuestra poquedad y audacia viendo, 
con iracundo látigo os azote, 
sepultándoos, en noche sempiterna 
de coralina, húmeda caverna. 



LA ISLA ENCANTADA 65 



Pero el cielo benéfico y piadoso 
que á los marinos de Castilla atiende, 
de las iras del ponto caprichoso 
les libra, les proteje, les defiende; 

y con su azur más diáfano y hermoso 
una amorosa égida les tiende , 
dando así tiempo á las veleras quillas, 
para invenir las índicas orillas. 

De esta suerte , tres cisnes parecían 
en el agua las tres embarcaciones 
que, con gallarda pompa proseguían 
su viaje por atlánticas regiones; 

y á ratos á la vista se ofrecían 
risueños panoramas y visiones, 
como si el mar, de admiración tocado, 
tributo las rindiera anticipado. 

Uno de tantos lances, fué el encuentro 
con isla de tan raras maravillas, 
que, al querer alcanzarla, mar adentro, 
corría y se burlaba de las quillas; 

desde su móvil y cambiante centro 
bien mostraba las gráciles orillas, 
con todos sus perfiles y contornos, 
árboles, plantas y demás adornos. 

5 



66 LA ISLA ENCANTADA 



Encima de las aguas tal flotaba 
tentadora, meciéndosela isleta; 
un luminoso nimbo la cercaba 
poniendo de relieve la silueta; 

y Flora su recinto matizaba 
del más fresco color de su paleta, 
contrastando el verdor de este ornamento» 
con el azul del mar y firmamento. 

No adorna tanto el árida llanura 
del Sahara, monótono, arenoso, 
la visión recamada de verdura 
de algún fértil oasis deleitoso ; 

ni con tanta manera se apresura 
mirando este espejismo mentiroso, 
por aplacar la sed de su camino, 
el nómada, jinete beduino. 

Como la imagen de la isla aquella, 
viste y alegra, el ámbito desnudo 
del mar redondo, en cuyo tul descuella 
cual verde camafeo en un escudo; 

y va la nota, en seguimiento de ella, 
maniobrando el gobernalle mudo, 
con más tiento que niña deseosa 
de atrapar la versátil mariposa. 



LA ISLA ENCANTADA 67 

Una á una, las tres embarcaciones 
dan á la isla un circular bojeo, 
desplegando sin fin de evoluciones, 
para abordarla en medio este rodeo; 

pero, aquélla, en todas ocasiones, 
se burla de su táctica y deseo, 
las cansa, las aburre, las fatiga, 
y á cejar de su empeño les obliga. 

Tal acontece, cuando distraída 
cogiendo violas, dentro la floresta, 
se ve por tres silvanos requerida, 
sílfide sola, púdica y honesta; 

se incorpora, da un ¡ay!, despavorida, 
y aunque mujer, deslígase tan presta, 
que á los faunos no queda más remedio, 
que desistir del obstinado asedio. 

Tras esta diversión, hacia adelante, 
prosiguieron los buques su derrota, 
abandonando la visión flotante 
de aquella tierra, inaccesible é ignota; 

si bien, cada argonauta, á su talante, 
las impresiones de este lance anota, 
haciendo inverosímiles comentos, 
con ribetes de fábulas y cuentos. 



68 LA ISLA ENCANTADA 

Uno, que era decía un espejismo 
de algún país, por fuerza muy cercano; 
otro, que evocación del hondo abismo 
que, por gala, pintaba el Océano; 

otro, que era tal isla, el sitio mismo, 
donde el rey don Rodrigo, mano á mano, 
con Florinda, la infausta, vejetaba 
y de España la pérdida expiaba. 

Alguno, muy en serio la disputa 
por el fantasma del edén perdido, 
desde que, noramala de la fruta 
probó Eva del árbol prohibido; 

y durara más tiempo la disputa 
que tiene al marinaje entretenido, 
si un Manrique, con tal que se le atienda, 
no ofreciese contar una leyenda. 

Todos sus compañeros, de buen grado, 
le fían su atención, incontinente, 
pues estaba Manrique consagrado 
por fácil orador, sobresaliente; 

quien, viéndose de todos rodeado, 
y dispuestos á oírle atentamente, 
con voz entera y ademán tranquilo, 
su relato empezó por este estilo: 



LA ISLA ENCANTADA 69 



«Amor contra Interés en cruda guerra; 
Amor en pugna con los hados fieros; 
Amor que, finalmente se destíerra 
y sucumbe en los mares altaneros; 

esto, en substancia, la tragedia encierra 
que referiros quiero, compañeros; 
si aceptáis y os agrada tal asunto, 
explanároslo voy, de punto á punto. » 

Por ser el auditorio gente moza, 
y por lo consiguiente, enamorada, 
asiente y de antemano se alboroza 
con esta introducción tan atinada ; 

al orador la risa le retoza 
de ver su relación tan deseada, 
cuya trama, de nuevo entretejiendo, 
á su término trajo, así diciendo: 



¥ ¥ ¥ 



CANTO V 



LEYENDA MARINERA 



«LEYENDA MARINERA 

En época, por cierto no lejana, 
cuando el tercer Eduardo Albión regía, 
una joven beldad, de nombre Ana, 
en la corte de Londres florecía; 

el dejo de su gracia soberana 
al corazón más áspero rendía; 
gallardos y magníficos señores 
cayeron á sus plantas amadores. 

Hija sola de un procer colocado 
sobre el más alto cuerno de la luna, 
tenía por favor muy señalado 
los bienes de hermosura y de fortuna; 

ricos presentes, que á una niña el hado^ 
rara vez pone juntos en la cuna, 
por ser en las mujeres la belleza, 
su mejor, más espléndida riqueza. 

Siendo, pues, tan hermosa como era, 
rica de condición y noble clase, 
no es extraño, que turba lisonjera 
con palabras de amor, la importunase; 

y, éste, porque de veras la quisiera, 
y, el otro, que por rica la estimase, 
ello es, que no había otra doncella 
más festejada, como lo era ella. 



LEYENDA MARINERA 73 

Su padre, á mayor abundamiento, 
movido del propósito más sano, 
rogábala, cayera en el intento, 
de á alguno conceder la blanca mano; 

la hija, con cortés comedimiento, 
siempre se le excusaba al buen anciano 
con el reparo de sus pocos años, 
6 con otros más hábiles amaños. 

Pues, fuese que ninguno le cuadraba, 
ó por vano capricho mujeriego, 
de sus galanes ella se burlaba, 
y del rapaz aquel que pintan ciego; 

oirse requebrar, sí le gustaba, 
que era lo mismo que jugar con fuego; 
mujer que las lisonjas no rehu3'e 
tarde ó temprano, por ceder concluj^e. 

Pero, no siempre quien batió la brecha 
primero entra en el abierto muro, 
ni el cazador que disparó la flecha 
del ciervo que va herido esté seguro; 

de esto mismo, un segundo se aprovecha 
para lograrlo, con menor apuro; 
á las mujeres unos las persiguen, 
otros, con presentarse, las consiguen. 



74 LEYENDA MARINERA 

Habéis de ver lo bien que en este caso 
la precedente reflexión encaja; 
veréis que aunque venido con retraso 
un galán á los otros aventaja; 

á Cupido veréis, también, de paso, 
que todo lo trabuca y lo baraja; 
hace alianza del rico con el pobre, 
hace liga del oro con el cobre. 

Un alegre torneo, en campo abierto, 
dispuso celebrar el rey Eduardo, 
para ver de sus nobles el acierto 
en manejar la lanza, echar el dardo; 

contra muchos en liza entró Roberto, 
rubio mancebo, varonil, gallardo; 
como á todos venció, ganó el trofeo 
que designara el rey para el torneo. 

Al son de los clarines y atambores 
que celebran el fin de la palestra, 
el héroe va á cobrarse los honores 
que el rey le alarga con amable diestra; 

y, como no hay valiente sin amores, 
Roberto quiso de éstos hacer muestra, 
poniendo el galardón de que se ufana 
en propias manos de la hermosa Ana. 



LEYENDA MARINERA 



Pobre hidalgo, sin timbres ni riqueza, 
á mucho este mancebo se atrevía, 
ofreciendo su amor, con la fineza, 
á dama de tan alta jerarquía; 

en virtudes, empero, y gentileza, 
á todos sus rivales excedía; 
Ana, tras de quedársele obligada, 
pasó, de agradecida á enamorada. 

Amóle, sí; que al cabo el niño artero 
hace suyas las víctimas que acecha, 
y, con tanto probar, logra certero 
en el blanco poner aguda flecha; 

Ana, pues, por un pobre caballero, 
los codiciados tálamos desecha 
de marqueses, de condes y barones, 
cargados de riquezas y blasones. 

El padre, de sus méritos pagado, 
y, más que todo, de su hija bella, 
vivía justamente esperanzado 
de esposarla con alguien digno de ella; 

así que, en sus planes contrariado 
por el humilde amor de la doncella, 
probó atajar esta pasión, con tiempo, 
creyéndola capricho y pasatiempo. 



76 LEYENDA MARINERA 

Con paternal acento bondadoso, 
por ver si la convence, ora la dice, 
que Roberto, aunque honesto y valeroso, 
del alta condición de ella, desdice; 

que le olvide; que el tiempo, piadoso, 
no hay llaga que no cure y cicatrice; 
y en suma, que por ser tan buena hija, 
con desobedecerle no le aflija. 

Mas pronto convencióse de que era 
vano empeño, propósito tardío, 
probar á disuadir, de esta manera, 
á aquélla, de su amante desvarío; 

por esto, sin más prórroga ni espera, 
harto de martillar en hierro frío, 
á buscar decidió por otro medio, 
más oportuno y eficaz remedio. 

A fuer de gentilhombre, y amén de esto, 
siendo del rey Eduardo favorito, 
en contra del doncel, orden de arresto 
obtuvo del monarca, por escrito; 

fácilmente, después, con un pretexto, 
hizo al joven caer en el garlito, 
logrando que Roberto hiciese buena 
la firma que ya en blanco le condena. 



LEYENDA MARINERA 77 



Todo el tiempo duró el injusto encierro, 
que al padre de su amada fué preciso 
para encontrar un yerno testaferro 
que, incauto, le sacó del compromiso. 

¡Loca complicidad, tremendo yerro 
que el cielo en castigar no fué remiso, 
desatando, con cólera iracunda, 
el yugo de esta bárbara coyunda! 

Quedaron, con tan pérfida asechanza, 
los dos tiernos amantes separados; 
perdida mutuamente la confianza 
de verse y de tratarse enamorados. 

Pero el divino Amor á tanto alcanza 
que, á despecho, aun de fieros hados, 
estudiaba sazón y coyuntura 
de tomarse el desquite con hartura. 

No fué tanta la rabia que la ofensa 
de la injusta prisión causó en Roberto, 
cuanta fué la amargura y pena intensa 
de ver, á mano airada, su amor muerto; 

colérico y celoso, entre sí piensa 
realizar un plan que, de concierto, 
del alevoso agravio le desquite 
y el cariño de Ana resucite. 



78 LEYENDA MARINERA 



No menos pesarosa y conturbada , 
ésta, con su marido, residía, 
en un castillo, espléndida morada, 
que en Brístol dicho noble poseía; 

allí, la pobre joven desposada 
su rigurosa suerte maldecía, 
y, el verse como esclava así vendida, 
á causa de codicia fementida. 

A esta sazón, Roberto, ciertamente, 
el paradero supo de su dama; 
supo, también, que Ana, ciegamente, 
como antes le amó, ahora le ama; 

por tanto, el mancebo, cautamente, 
la urdimbre fué tejiendo de una trama 
cuyos hilos confió, y audaz proyecto, 
á un fiel amigo que llamó al efecto. 

El cual, á fuer de mozo caballero, 
del atrevido plan enamoróse 
y, á Brístol emprendiendo derrotero, 
en el feudal castillo presentóse; 

aquí, tomando el aire de escudero, 
como tal á los dueños ofrecióse, 
quienes, sin recelar la tercería, 
le dieron el destino que pedía. 



LEYENDA MARINERA 79 

Admitido en la casa, luego al punto, 
el buen amigo, astuto y arrestado, 
empezó á ocuparse del asunto 
que le había Roberto encomendado ; 

y, cierto día, en que se hallaba junto 
y, sin testigos, de su ama al lado, 
le reveló quién era, qué trataba 
y el rapto que Roberto meditaba. 

Le expone, que fiado en su constancia, 
su tierno enamorado á bordo espera 
de un bajel que, en franquía para Francia, 
surto está en la próxima ribera; 

que por esta precisa circunstancia, 
partir conviene, en la ocasión primera, 
y que decida, al punto, si le place 
la idea, ó por ventura, la«desplace. 

Por labios del amor, responde á esto 
con un alegre sí la castellana; 
y cuando estuvo todo bien dispuesto, 
al clarear una feliz mañana, 

salieron paje y dama, so pretexto 
de dar un buen paseo por la plana, 
en sendos alazanes bien montados, 
sin escolta de guardias ni criados. 



8o LEYENDA MARINERA 



Porque su misma prisa no les venda, 
en tanto que de vista no perdieron 
la torre del castillo, á corta rienda, 
los fogosos corceles reprimieron; 

así, con disimulo, en una senda, 
que ala costa llevaba, se metieron, 
y á uña de caballo, en poco tiempo, 
llegaron al canal sin contratiempo. 

Donde, por su tardanza preocupado, 
Roberto á los dos les esperaba; 
al verlos, de alegría enajenado 
en sus brazos á entrambos estrechaba; 

ya, un bajel, de muy pocos tripulado, 
las rechinantes áncoras levaba, 
y recibiendo á bordo los amantes, 
extendía los linos palpitantes. 

Sin demorar un mínimo momento, 
el canal, felizmente, atravesaron; 
luego, á favor de bonancible viento, 
de Cornwal la península doblaron; 

y sin cejar de su primer intento, 
el rumbo hacia el Estrecho enderezaron, 
con esperanza de abordar la tierra 
que está frente por frente de Inglaterra. 



LEYENDA MARINERA 



Fortuna que, hasta entonces, amorosa, 
andaba con Cupido de bracero, 
voltaria nuevamente y caprichosa, 
contrarió á la dama y caballero, 

pues, al filo de noche pavorosa, 
desvió de la nave el derrotero, 
con súbito huracán, que, adverso en popa, 
lo alejó de las costas de la Europa. 

Durante trece días continuados, 
el furibundo temporal corrieron, 
y, medrosos, confusos y extraviados, 
por mares nunca vistos anduvieron; 

al catorceno, éstos sosegados 
á los míseros nautas ofrecieron 
al término del diáfano horizonte, 
la lejana visión de altivo monte. 

Cual mariposas que, de noche, viendo 
la luz de alguna lámpara encendida, 
las alas mueven con presteza, yendo 
á dar contra el cristal una embestida; 

así, nuestros viajeros, descubriendo 
esta risueña isla aparecida, 
á vela y remo, con brioso empeño, 
enderezaron, rectamente, el leño. 



82 LEYENDA MARINERA 



La fugitiva esposa, á todo esto, 
llorosa, triste y sin salud venía, 
menos del viaje, incómodo y molesto, 
que por cruel torcedor que la roía; 

y, aunque su amante, á cualquier pretexto,, 
la causa del naufragio refería, 
su elocuencia y amor no son bastante , 
á curar la tristeza de su amante. 

No bien ancló la nave, y amarrada 
quedó á un grueso tronco de la orilla, 
Roberto, procurando por su amada, 
envió á tierra la única barquilla, 

que, á poco, regresó con la embajada 
de ser todo el país una cestilla 
de bien olientes, matizadas flores, 
jaula abierta de pájaros cantores. 

Tras esta relación, sin más espera, 
el joven desembarca presuroso; 
y con alguna gente marinera 
se internó en un soto nemoroso, 

donde, al pie de magnífica palmera, 
en el claro que hacía un prado herboso, 
con bálago, con pencas y espadaña 
tejieron una rústica cabana. 



LEYENDA MARINERA 



El descanso, el sosiego, la armonía 
de los alados músicos cantores; 
el Sol que siempre espléndido lucía; 
la vista de los árboles y flores; 

todo, en suma, á la enferma devolvía 
su desmayado ánimo y colores, 
y, al par que el bienestar, la dulce calma, 
que el cuerpo sana y fortifica el alma. 

Su amado, que ya estaba descontento 
del ocio y soledad de este paraje, 
á luego particípala el intento 
de probar á correr un nuevo viaje; 

en breve , de agua dulce y bastimento 
aprestando se fué el matalotaje, 
y todo en el bajel estuvo pronto 
para surcar, al otro día, el ponto. 

Por ser la noche última, en la arena 
quedó á dormir el marinero bando; 
la suave brisa de azahares llena 
que del soto venía, aprovechando; 

allá en su choza, de memorias llena, 
estaban los amantes platicando, 
boca con boca, pecho contra pecho, 
bajo el resguardo del pajizo techo. 



84 LEYENDA MARINERA 



Tal estaban los dos, cuando al beleño 
los párpados cerraba Ana hermosa; 
á poco de dormirse, triste ensueño 
agitada la pone, y congojosa; 

despiértala Roberto, y, con empeño, 
la causa le pregunta pavorosa, 
á lo que, con palabra entrecortada, 
responde, la infeliz, toda turbada: 

«Sabrás, mi dulce bien, que en este instante 
una cuita de amor me importunaba ; 
soñaba que contigo, en lazo amante, 
á orillas de este mar me paseaba, 

cuando vimos en onda fluctuante 
una blanca visión que se acercaba 
que, al suave resplandor de Luna llena, 
mostró ser una acuática sirena. 

Sus verdes, claros y rasgados ojos 
con manifiesto amor en ti ponía; 
en cambio, con relámpagos de enojos 
toda vez que hacia mí los dirigía; 

al fin, se nos llegó mostrando antojos 
de terciarse en nuestra compañía, 
y en medio de los dos se interponiendo 
á mí se dirigió, esto diciendo: 



LEYENDA MARINERA 85 



« Sirena soy, nereida de los mares 
»que el fondo habita de ambarina gruta, 
» desde donde, con pérfidos cantares, 
» desvío al navegante de su ruta ; 

»esta orilla de mangles y palmares 
» señuelo es , con que le llamo, astuta , 
» y así como he engañado á tantos otros , 
» engañado también os he á vosotros. 

«Vosotros, sí, viniendo á los señuelos 
» que tengo en esta ínsula encantada, 
» caísteis, por decreto de los cielos, 
> ¡ incautos ! , en mi pérfida redada: 

»vas á morir, y morirás de celos, 
»¡oh adúltera mujer infortunada!, 
» mas antes de morir quitarte quiero 
»tu elegante, garrido caballero.» 

Con esto terminó, y forcejando 
quería de mi lado separarte; 
yo, con fuerza, la suya contrastando, 
pugnaba por tenerte y no soltarte; 

en esto estaba de mi sueño, cuando 
raí pesadilla consiguió alarmarte, 
y oyéndorne llamar, en aquel punto, 
me despertó la rabia y pena junto.» 



86 LEYENDA MARINERA 



Roberto, de los celos satisfecho 
que, aun en sueños, por él Ana tenía, 
ardiendo en nuevo amor, con lazo estrecho 
le abrazaba, y así, le respondía: 

« No lo tengáis, señora, por tan hecho, 
ni turbéis con agüeros mi alegría; 
pues veis, que es sueño todo y devaneo, 
y libre en estos brazos os poseo. 

Siento el veros así imaginativa, 
por cosa que la pena no merece, 
mas la llaga de amor está tan viva, 
que, á lo menor, se encona y recrudece. 

Dejad pase esta noche fugitiva, 
vais á ver cómo al punto que amanece, 
burlamos á la pérfida sirena 
y olvidáis la congoja que os apena.» 

Ella, menos turbada y pesarosa, 
estas cortas razones aceptaba , 
y reclinando la cabeza hermosa, 
nuevamente los párpados cerraba; 

la noche transcurría silenciosa; 
al cielo ni una ráfaga empañaba; 
un punto negro, empero, en lejanía 
á ras del horizonte se veía. 



LEYENDA MARINERA 87 

Punto negro que crece, va aumentando 
y llega á nube cada vez más gruesa, 
que, como alud fantástico rodando 
encima de los aires viene, apriesa; 

el estrellado cielo encapotando 
con negra cerrazón, lóbrega, espesa, 
oculto en su capuz, el repentino 
azote de iracundo torbellino. 

Á las primeras rachas advertidos , 
despiertan los incautos marineros, 
y poniéndose en pie, despavoridos, 
al leño de alto bordo van ligeros; 

súbito, el huracán sus resoplidos 
hace oir más continuos y más fieros; 
y un turbión, una espesa catarata, 
de los senos del cielo se desata. 

La braveza del mar que, en un momento, 
se encrespa con horrísono alboroto; 
la lluvia torrencial, el recio viento 
silbando temeroso adentro el soto; 

los truenos, los relámpagos, sin cuento, 
del cielo, que trepida en terremoto; 
hacen tan triste son, que parecía 
que el mundo de esta hecha fenecía. 



LEYENDA MARINERA 



Del todo ya rendidos á su. suerte, 
Sin esperanza de remedio alguno, 
los marineros al temor más fuerte 
se entregaban ocioso é inoportuno; 

ya la espantosa imagen de la muerte 
veía, de hito en hito, cada uno, 
cuando alguien notó que del islote 
tiraban del torcido calabrote. 

Vieron, entonces, á la luz violeta 
del encendido lampo serpentino, 
moverse y oscilar torpe la isleta 
como monstruo fantástico marino; 

la vieron, á los golpes de mareta, 
avanzar paso á paso, de camino, 
sin rumbo fijo, al capricho sólo 
del bravo mar y borrascoso Eolo. 

Con el cuidado aquel que el ballenero 
la arrollada maroma larga, cuando,, 
herido por un hábil harponero 
el coloso del mar corre sangrando; 

que, tanto y tanto corre, tan ligero, 
con furia tal la nave remolcando, 
que la cuerda á soltar obliga, á tiempo 
de evitar un seguro contratiempo, 



LEYENDA MARINERA 



Así, nuestros cuitados mareantes 
del súbito remolque temerosos, 
á un tiempo á los opuestos cabrestantes, 
en dos bandos, acuden presurosos; 

uno leva las áncoras pesantes, 
otro larga los rollos ya premiosos, 
del estirado cable, y en un punto, 
zarpan y el cabo sueltan, todo junto. 

Así la nave, pues, desaferrada, 
sin freno ni resguardo quedó suelta; 
y del furioso viento y mar airada, 
por todos lados sin cesar, envuelta; 

por dicha, con la luz de la alborada 
el peligroso tiempo se dio vuelta, 
y sin mayores riesgos, felizmente, 
del peligro escapó toda la gente. 

Turbó, empero, la súbita alegría 
que está del marinero apoderado, 
el ignorar la suerte que cabría 
á la pobre pareja enamorada; 

y aunque la nave, un día y otro día, 
en pesquisas anduvo derramada, 
nunca más de la ínsula se supo 
ni del final que á los amantes cupo. 



90 LEYENDA MARINERA 



Esta es la relación aquí traída, 
por causa de otra ínsula viajera; 
historia que yo ignoro si es fingida, 
ó si por el contrario, verdadera ; 

que así, como os la dejo referida, 
anda en labios de gente marinera; 
ahora, si dijerdeis ser comento^ 
como me lo contar mi os lo cuento.» 



9^9 



CANTO VI 



¡AVE, MARIS STELLA 



¡AVE, MARIS STELLA! 

Otro día, un sábado del viaje, 
cerca, muy cerca, del momento ansiado 
iban los nautas á obtener el gaje 
que el cielo les tenía reservado; 

un lance sucedió, que al marinaje 
dejó agradablemente impresionado; 
ya que en el mar cualquier cosa divierte 
y en tema placentero se convierte. 

En la siesta que sigue al medio día, 
cuando su aliento de estival bochorno 
la brisa de los trópicos envía, 
mas caliente que atmósfera de horno; 

cuando bulle cual cáliz de ambrosía 
el sosegado océano, en contorno; 
ó al Sol devuelve su fugaz reflejo 
como el azogue de bruñido espejo; 

Vióse, rauda, cruzar una bandada 
de obscuras y parleras golondrinas, 
que por allí pasaban de jornada, 
á guisa de incansables peregrinas; 

y, por encima de la mar salada, 
en demanda las ínsulas vecinas, 
venían, en corrillos, revolando, 
alrededor los mástiles chillando. 



¡AVE, MARIS STELLa! 93 

Los marineros de la flota, oyendo 
los penetrantes gárrulos chillidos, 
la lánguida modorra, sacudiendo, 
la vista levantaban sorprendidos; 

y á las viajeras, tan de cerca viendo, 
á admiración y júbilo movidos, 
en pie, despabilados, se ponían 
y como niños en tropel corrían. 

Las tiernas avecillas, fatigadas 
del curso de su viaje volandero, 
sobre el barco cerníanse, cuitadas, 
para buscar apoyo pasajero; 

mas, antes de posarse, alborozadas 
reconocían el bajel, primero, 
rozando temblorosas con sus remos, 
de mástiles y jarcias los extremos. 

Al cabo, las más tímidas quedaban 
en las vergas ó, en tope más saliente; 
otras, más atrevidas, se plantaban 
en los cabos más ínfimos del puente; 

no pocas, inocentes, se posaban 
en las desnudas testas de la gente, 
con el pico hurgándola en el cuello, 
en la frente, el oído y el cabello. 



94 ¡AVE, MARIS STELLA! 



Los toscos marineros recibían 
de sus sencillas huéspedas el beso; 
apenas si los párpados movían, 
por no asustar el delicioso peso; 

en tanto que embargados se sentían 
por dulce, por suavísimo embeleso, 
refrenando las ganas de cogerlas 
y, uno á uno, sus besos devolverlas. 

Algunos se veían, cuyas caras, 
según lo demudadas que aparecen, 
daban á comprender, bien á las claras , 
las dulces emociones que padecen. 

¡Cuántos ojos, de lágrimas avaras, 
á pesar de sus dueños, se humedecen; 
lágrimas que resbalan gota á gota, 
cuando el sollozo comprimido explota! 

Al modo que una ráfaga violenta 
abriendo la ventana de la casa, 
llega al hogar, donde el rescoldo avienta 
poniendo fuego á la escondida brasa; 

así también, sin darse de ello cuenta, 
el conmovido marinero pasa 
del resignado, indiferente olvido, 
á la nostalgia de algún bien perdido. 



¡AVE, MARIS STELLa! 95 



¿Quién por su oficio ó por contrario sino 
en extranjeros climas emigrado, 
mira un volátil bando peregrino 
sin sentirse en lágrimas bañado; 

y al contemplar su rápido camino, 
no ha, lleno de envidia, deseado, 
hacer, como estos pájaros, un viaje 
desde el destierro á su natal paraje? 

Más de prisa, tal vez, que esta bandada, 
aún más ligera que los mismos vientos, 
entonces, la memoria desbordada 
echa á volar tropel de pensamientos, 

y el hombre, con el alma se traslada, 
siquiera por brevísimos momentos, 
del suelo hospitalario en que se exilia, 
al otro donde tiene la familia. 

Quizá, esta misma inspiración embarga 
los compañeros de Colón, ahora; 
quizá, la angustia de una ausencia larga 
cual afanado buitre los devora, 

y más que todo, la agonía amarga 
de un viaje cuyo fin no ve la prora, 
cansada de explorar día tras día, 
la inmensidad de la extensión vacía. 



g6 ¡AVE, MARIS stella! 

Al eco del ruido y de la broma, 
cuitado el Almirante se desvela; 
su bernia deja, la escotilla toma, 
é inquiere qué pasó en la carabela; 

á cuyo tiempo, un avecilla asoma 
que por encima del, gira y revuela, 
concluyendo el ave, sin asombro, 
en posarse encima de su hombro. 



¿Qué, á la sazón, no diera el Almirante 
por saber de la grácil pasajera, 
si aun estaba la tierra muy distante 
ó á qué rumbo quedaba la ribera? 

¿Cosa no diera, porque, en este instante, 
á su mortal congoja respondiera, 
para que al incrédulo equipaje, 
la fe tornara del dudoso viaje? 

Pero, los mansos pájaros, en esto, 
los fatigados remos descansaron, 
y abandonando cada cual su puesto, 
nuevamente, en bandada, se juntaron, 

para seguir, después, con vuelo presto, 
el rumbo que ellos mismos se enseñaron, 
y, con bien, arribar á las orillas 
de alguna de las ínsulas antillas. 



¡AVE, MARIS STELLA! 97 



Por un momento se les vio, dudosos 
hacia qué punto enderezar el vuelo; 
cruzando, al sesgo, sin cesar, premiosos, 
la rutilante cúpula del cielo; 

ora, al Norte tomaban presurosos; 
ora, al Sur emprendían de revuelo, 
á guisa de palomas que se orientan 
cuando de extraño palomar las sueltan. 

Por dicha, entonces, en tropel cerrado 
con pompa altiva, con gallarda prisa, 
en dirección al sudoeste lado 
un enjambre de loros se divisa; 

diríase mejor, un apiñado 
granizo de esmeraldas que se irisa 
con juegos mil, de luces y colores, 
del Sol á los miríficos fulgores. 

Curiosa de espiar á la escuadrilla, 
ó por lucir su espléndido atavío, 
súbitamente, la gentil cuadrilla 
de papagayos, abatió un desvío; 

y, á un tercio, quizá menos de una milla, 
se aproximó con clamoroso brío, 
descubriendo, al batir las verdes alas, 
rico tesoro de pintadas galas. 

7 



98 ¡AVE, MARIS STELLA! 



La novedad del caso, la belleza 
de su sin par, multicolor plumaje, 
y, acaso, más que nada, la rareza 
de su loco, estrambótico lenguaje, 

no poca maravilla y extrañeza 
dispertaron en todo el marinaje 
que por primera vez vía los gayos 
matices, de enjambrados papagayos. 

Quizá, éstos, no menos sorprendidos 
de las flotantes máquinas navales, 
con penetrantes ásperos chillidos 
daban de su estupor claras señales; 

luego, como carbones encendidos, 
ó garullo de flores tropicales, 
torcieron de una vez á sotavento, 
aprovechando el bonancible viento. 

No bien las golondrinas mareantes 
á aquestos guías providentes vieron , 
en pos los papagayos emigrantes 
con ciega fe y júbilo siguieron; 

poco después, entrambos tan distantes 
de los curiosos nautas se pusieron, 
que la vista más lince, con trabajo, 
á las aves siguiera curso abajo. 



¡AVE, MARIS STELLa! 99 



Todos los marineros, sin embargo, 
á ellas convergían sus miradas; 
cual si potente arrobador embargo 
las retinas tuviera hipnotizadas, 

siguieron rastreando un rato largo 
el curso de las ágiles bandadas, 
que, de vista acabaron por perderse 
y en el celeste tul desvanecerse. 

No tan prestoso el girasol se inclina 
con alegre semblante enamorado, 
al padre de la luz que le fascina 
en las puertas de Oriente entronizado; 

como Colón, solícito, declina 
el rumbo hacia el sudoeste lado, 
tomando, por horóscopo del cielo, 
de aquellas aves el bendito vuelo. 

Ni con viveza tanta los bridones 
obedecen al freno y las espuelas, 
como ahora las tres embarcaciones 
abroquelando de antemano velas, 

quebraron á favor de los timones 
la línea sin fin de sus estelas, 
navegando gallardas el sendero 
de este nuevo, oblicuo derrotero. 



¡AVE, MARIS STELLa! 



Á este punto, delante los bajeles 
el rubio Sol, al hora de costumbre, 
teniendo por la rienda á sus corceles; 
al paso, con tranquila mansedumbre, 

los bañaba en el reino de Cibeles, 
cambiando él mismo su gastada lumbre, 
para dorar en su triunfal carrera 
la redondez de la terráquea esfera. 

Imagen fiel de nuestra propia vida, 
que, cuando buena ha sido y meritoria, 
exhala el alma de esplendor ceñida 
á las moradas de divina gloria, 

dejando tras de sí, la merecida, 
hermosa herencia de feliz memoria, 
entre quienes tuvimos por amigos, 
ó de nuestras virtudes por testigos; 

El almo Sol después del diurno viaje, 
en Occidente al parecer reposa; 
á todos deja el regalado gaje 
de aquella su visita esplendorosa, 

y á seguida, remonta á otro paraje 
con la diadema de su luz radiosa, 
señoreando el ámbito que dora, 
ante su marcha la divina aurora. 



¡AVE, MARIS STELLA ! 



Poco rato después atardecía; 
á otro cuadrante céfiro rolaba 
y, á rachas, de la atmósfera barría 
el calor que los pechos asfixiaba; 

limpio y sutil, el éter se cernía, 
y mejor que cristal, transparentaba 
en cielo azul, la vespertina estrella, 
reverberando, deslumbrante y bella. 

A medida que el aire se obscurece, 
y el firmamento diáfano se estrella, 
el Héspero más claro resplandece 
junto á la Luna, reluciente y bella; 

de manera, que á todos les parece 
ver la visión de celestial doncella , 
la misma cuyos pies la Luna calza 
y sobre alados serafines se alza. 

Los nautas, dulcemente impresionados 
por la anterior visita extraordinaria, 
cayeron de rodillas prosternados 
ante la hermosa estrella solitaria; 

y los ojos á ella levantados, 
elevan una férvida plegaria 
á la Estrella del Mar, Virgen María, 
que en su odisea al navegante guía. 



¡AVE, MARIS STELLA 



«¡Salve! ¡Salve! ¡Estrella de los mares! 
— La dicen en su cántico piadoso. — 
Sé guía nuestra, sálvanos de azares 
á través de este viaje peligroso; 

y, pues, quedan atrás nuestros hogares, 
dales también tu auxilio poderoso, 
en tanto que, según te suplicamos, 
felices á su seno regresamos. 

» ¡Dulce Patrona, celestial Maestra 
del creyente y devoto mareante ! 
¡Vida, dulzura y esperanza nuestra, 
Norte de salvación, siempre brillante; 

á ti clamamos desde aquí; demuestra 
que de nosotros eres Madre amante, 
accediendo, benigna, á los favores, 
que pídente estos pobres pecadores !> 

Mudo, silente, el ponto cristalino 
las concertadas voces escuchaba 
de la piadosa Salve, que el marino 
la tarde de este sábado cantaba ; 

atentas, en su fondo coralino 
á las graciosas náyades mostraba, 
pugnando por subirse en una ola, 
á escuchar la sagrada barcarola. 



¡AVE, MARIS STELLa! IO3 



Pero, no bien sacando afuera el pecho, 
enseñaron su lúbrica belleza, 
movidas de vergüenza y de despecho 
se volvieron á hundir con ligereza; 

como estatuas de nieve, que ha deshecho 
el sol de castidad, la alma pureza 
de la Virgen María inmaculada, 
por nuestros argonautas alabada. 

En cada carabela, mientras tanto, 
con grave, con dulcísima armonía, 
el sabatino acompasado canto 
el coro marinero proseguía; 

y, desde la cubierta al cielo santo, 
la plegaria pietísima subía, 
con las prisas de mística paloma 
que en recto vuelo hacia el empíreo toma. 

Vistas así las naves, de una en una, 
del perlado crepúsculo al reflejo, 
parecían quebrar de una laguna 
el opalino, adormecido espejo, 

cuando, en las noches de brillante Luna, 
navegando las barcas, de cortejo, 
salen en procesión los pescadores 
rociando el agua, de menudas ñores. 



I04 ¡AVE, MARIS STELLA! 

Los ecos de aquel cántico, apagados, 
todo volvió á la quietud de antes, 
si bien, al parecer, atormentados 
de un triste no sé qué los navegantes; 

pues nada nos recuerda enamorados 
la patria y prendas del amor distantes, 
mejor que la oración cuando decimos 
la misma que de niños aprendimos. 

Por esto, hicieron hincapié ahora, 
en la maniobra que Colón dispuso; 
aquel desvío súbito de prora 
lo atribuyen á plan torpe y confuso ; 

de suerte que esta vez, murmuradora 
en contra de él la chusma se indispuso; 
de la conjuración ésta el suceso 
oiréis en el siguiente canto expreso. 



¥ ¥ ¥ 



CANTO VII 



MAR TENEBROSO 



MAR TENEBROSO 

Oansado de guiar el carro ardiente, 
tras otro alegre, luminoso día, 
en las olas del mar, el sol poniente 
su acostumbrada yacija mullía, 

á tiempo que la Luna sonriente 
por el opuesto lado aparecía, 
para, cual ninfa de sagrada fiesta, 
velar el ara donde un dios se acuesta. 

Febo, que enamorado retardaba 
precipitarse en el rojizo ocaso, 
la gigante pupila dilataba 
saboreando de Latona el paso; 

pero, al cabo, el párpado mostraba 
del ojo suyo soñoliento y laso; 
al cansancio rindiéndose, de pronto, 
como abatido cíclope en el ponto. 

El lecho de cristal donde se inclina, 
en ígneo rosicler arde y se inflama, 
que, el mar y á las alturas ilumina 
como incendio voraz que se derrama; 

semejando occidente una cortina 
lamida por las lenguas de una llama, 
que arreboles innúmeros ostenta 
cuando el etesio jugetón la avienta. 



MAR TENEBROSO IO7 



En pos, la noche silenciosa vino 
en su manto de estrellas cobijada, 
que apagando el incendio vespertino 
del anchuroso mar quedó adueñada; 

mientras la blanca Diana su camino 
seguía como siempre sosegada, 
y, errante, con sus ninfas y jauría^ 
por los celestes campos se perdía. 

A estas horas de suave dulcedumbre 
en que el éter del cielo se serena; 
en estas noches, que su incierta lumbre 
la Luna envía reluciente y plena; 

el ponto con extraña pesadumbre 
gime, solloza, se lamenta y pena, 
por algo extraño que su paz conturba 
y los salobres cóncavos perturba. 

Diríase, que en sueños se debate 
contra angustiosa, negra pesadilla; 
pero, rendido al cabo en el combate, 
á una influencia superior se humilla; 

en tanto, el pecho, fatigado late 
en su vasta extensión, de orilla á orilla, 
con silente, con gruesa marejada, 
por el fuerte resuello atropellada. 



I08 MAR TENEBROSO 

Alrededor, entonces, del marino 
se transfigura todo y se agiganta; 
oculta en un escollo coralino 
la nocturna sirena suave canta; 

ó al resplandor del astro mortecino, 
lasciva del abismo se levanta, 
para asfixiar con pérfidos abrazos 
al inocente que cayó en sus brazos. 

A estas horas, del triste navegante 
la plácida nostalgia se apodera; 
piensa en la patria, en la mujer amante, 
que cuidando sus vastagos le espera; 

y, entre todos, se acuerda del infante 
que la lengua soltó por vez primera, 
cuando á besarle fiaé, diciendo ¡ padre 1, 
soltándose del halda de la madre. 

Las sombras de las raudas carabelas 
en una noche así se deslizaban, 
con viento por la aleta, que las velas 
de las pesadas quillas empujaban, 

dejando tras de sí, luengas estelas; 
serpientes que sus troncos estiraban 
al vaivén de la férvida marea 
que, ora, levanta la atracción febea, 



MAR TENEBROSO IO9 

De pie, alta la frente y descubierta, 
que un rayo de luz pálida titila, 
el talle de Colón sobre cubierta 
de la Santa María se perfila; 

el Almirante, con el ojo alerta, 
el horizonte lóbrego vigila, 
y, ahora, como siempre, se desvela 
á bordo de su pobre carabela. 

El barco mientras, con andar ligero, 
sigue la ondulación de la marea; 
ora, se hamaca suave y placentero, 
ora, hundiendo la proa, cabecea; 

y el pico del más alto mastelero 
de la Luna en redor gira y voltea, 
de manera que el disco iluminado 
se muestra como tope allí clavado. 

Alteran esta marcha silenciosa: 
el reflujo del líquido elemento; 
el golpe de la vela escandalosa 
hinchándose con ímpetu violento; 

y la cadencia sorda, misteriosa, 
de las jarcias y drizas, cuando el viento 
amaina ó sopla á rachas, á intervalos, 
haciéndolas chocar contra los palos. 



lio MAR TENEBROSO 



Á pi^oa, dentro de la sombra obscura 
que las velas proyectan hacia un lado; 
en sitio del combés, donde una amura 
se extiende hasta el trinquete levantado; 

y, al parecer, gozando la frescura 
que el viento trae de humedad cargado, 
algunos marineros se percatan 
que, en baja voz, de alguna cosa tratan. 

— « Helo^ helo allí febricitante 
por su alcázar de niando^ de paseo 
— exclama, señalando al Almirante, 
del sospechoso grupo un corifeo. — 

Helo allí^ desvelado y vigilante^ 
á solas con su impávido deseo] 
de babor á estribor^ y ente y viniente^ 
como pobre sonámbulo^ inconsciente. 

jT Hasta cuándo querrá nuestra paciencia 
la terquedad servir de este extranjero^ 
cuya dura^ obstinada impertinencia 
nos arrastra por loco derrotero } 

Su fe es inania^ falsedad la ciencia 
con que embauca al sencillo marinero; 
yo os digo que si más le contentamos, 
á la segura pérdida nos vamos. » 



MAR TENEBROSO 



— «i ¡Muy bien dijiste! — recalcó un segundo. 
El genovés es un iluso ó loco 
que^ con su empeño de invenir un mundo ^ 
á la muerte nos lleva poco á poco; 

en estos dichos que mi aserto fundo^ 
el tiempo va á decir si me equivoco ; 
aunque seria estéril el remedio 
si ocurre perecer en el comedio. 

^ Hasta la saciedad vosotros mismos 
no estáis, acaso, de Colón cansados, 
ni de tantas promesas y embolismos 
con que á todos nos tiene ilusionados } 

^ O esperamos nos traguen los abismos 
para vernos, al fin, desengañados} 
i Sobrado aquestos mares sobrellevan 
las cascaras de nueces que nos llevan! 

Sobrado tiempo de pasivo lastre 
al porfiado ligur hemos servido, 
dejándole, á su antojo, nos arrastre 
por este reino del medroso olvido; 

y pues su error y el próximo desastre 
hemos todos nosotros advertido, 
exijamos de él, cuando la aurora, 
que á España vuelva la tajante prora.» 



MAR TENEBROSO 



— « Inútil es probar esta embajada 
— con sorda voz le interrumpió un tercero. 
^No veis que es^ por demás ^ empecinada 
la locura ó la fe de este extranjero ? 

Mejor seria obrar á la callada 
cuando se rinda al sueño pasajero', 
si al despertar se irrita y nos provoca , 
ya sabremos ponerle punto en boca. » 

Aquí la voz, avinagrada y ruda, 
del hombre se calló que esto decía, 
para observar en los demás, sin duda, 
la impresión que su charla producía; 

Quedóse un rato pensativa y muda 
la asamblea, en tanto, se sentía 
con el vaho del húmedo relente, 
un malestar somnífero, incipiente. 

La Luna en su apogeo, se circuye 
de una aureola de parduzca niebla; 
su tibia luz el astro disminuye; 
el ponto, á su remedo se entiniebla; 

y la pesada bruma que ora afluye 
de visiones fantásticas lo puebla, 
bien aquélla se agita con la brisa, 
bien el opaco resplandor la irisa. 



MAR TENEBROSO II3 

La nave, como sombra vagorosa 
que en las calladas noches aparece, 
en medio de esta atmósfera brumosa, 
de babor á estribor, blanda se mece; 

mientras la mar, oscura y misteriosa, 
debajo de las quillas fosforece, 
y chorrean las lisas batayolas 
líquida plata de las ígneas olas. 

A flor de agua las medusas flotan 
que á modo de cabeza se presentan, 
cuando cortadas á cercén, rebotan, 
los hombros al dejar que las sustentan; 

sierpes son sus madejas que se azotan 
y en plena obscuridad se transparentan , 
mirando de hito en hito fascinantes, 
de noche á los ignaros navegantes. 

La cosa más sencilla ora distrae 
el silencio de aquellos conjurados; 
cualquier ruido su atención atrae 
dejándoles absortos y alelados; 

si gime el viento, si una driza cae, 
se vuelven con pavor á todos lados, 
y un tropel de fantasmas se les hace 
la niebla que en girones se deshace. 



114 MAR TENEBROSO 

— « Mirad el mar — exclama , prosiguiendo 
su discurso el último que hablaba, 
por sus propias ideas traduciendo 
el espanto que á todos embargaba. — 

Mirad el mar cómo se está cuh-icndo 
de duendes que hasta aquí nos ocultaba , 
para burlar^ co7i pe'rfida asechanza^ 
nuestra atrevida^ sin igual confianza. 

\ Atended ^ compañeros I Por la escena 
que abruma al mar, { no veis cómo desfilan 
procesiones de ánimas en pena , 
cuyos vagos espectros horripilan} 

¿No oís el rechinar de su cadena? 
¿ No veis que vagorosos se perfilan , 
en medio de la niebla^ los escuetos 
contornos de sus flacos esqueletos} 

Estas sombras de pálidos difuntos 
lentamente se crecen y agigantan; 
ya en anchurosa rueda, todos juntos, 
hacia aquí con pereza se adelantan. 

Ya llegan al oído los barrimtos 
del fúnebre responso que nos cantan; 
el mar será la fosa adonde vamos; 
nuestro ataúd la nave que montamos. 



MAR TENEBROSO 



He aquí el castigo merecido 
de nuestra presunción y atrevimiento; 
he aquí cómo al fin hemos venido 
á torpe y miserable acabamiento. 

¡Para eso nos ha favorecido 
con soplo traidor ^ propicio el viento; 
para engolfarnos de esta triste suerte 
en el oscuro reino de la muerte ! 

No en vano, aquestos mares las señales 
durante todo el viaje nos mostraron^ 
al través de sus nítidos cristales 
de una tierra que hambrientos se tragaron; 

aquellos son los manes sepulcrales 
de seres cuyas vidas naufragaron, 
siendo éste el lugar expurgatorio 
donde cumplen su triste purgatorio. 

^No se os recuerdan ora, camaradas, 
los espejismos de este viaje aciago, 
cuando, en hermosas tardes despejadas , 
con el ponto más diáfano que lago, 

vimos risueñas islas evocadas 
quizá al conjuro de sabido mago, 
en la serena atmósfera cernerse 
y con el bajo sol desvanecerse ? 



I l6 MAR TENEBROSO 

fi Qué nos dice el tapiz espeso y blando 
de ovas y algas que este mar alfombra^ 
trecho á trecho^ sus cóncavos dejando 
en misteriosa , sempiterna sombra ? 

No bien el tajamar lo va rasgando 
y á entrambos lados la verdura escombra , 
vuelve á taparse sin dejar estela 
del paso de esta nuestra carabela. 

Asi, tan sin pensarlo., negro sino 
tentando nuestro ímpetu inexperto, 
soltar nos hizo el palpitante lino 
sobre la faz de un continente muerto. 

i Quién desandar pudiera este camino, 
besar la arena del nativo puerto 
y lanzarse á buscar entre la gente 
á la mujer y al hijo y al pariente I 

Pero, ¡ay compañeros ! Yo me temo 
que de esta triste noche no pasarnos', 
que en este sitio, lúgubre y extremo, 
sin remisión por siempre nos quedamos. 

Demos, sí, demos el adiós supremo 
á las prendas del alma que dejamos, 
en luctuoso y malhadado día, 
allá en un ?'ijtcón de Andalucía. 



MAR TENEBROSO II7 



Aten, en caso mejor, doy por sentado 
saliéramos con bien de esta sorpresa; 
mas pensar el retorno es excusado 
de aquesta insana, temeraria empresa. 

Ni el profanado piélago, de un lado, 
querrá soltar la acariciada presa, 
ni estos vientos , continuos hacia Oeste, 
poner nos dejarán la proa al Leste. 

Así andaremos , co7no cosa inerte, 
entre la duda siempre y la esperanza, 
en brazos de la vida ó de la muerte, 
según se incline el fiel de la balanza; 

y acabar ase todo, de la suerte, 
que un nadador de atlética pujanza 
con la fuerte resaca se debate 
y en la rompiente , exánime se abate. 

De nosotros, empero, no se diga 
que lánguidos , en brazos del acaso, 
no hicimos por luchar con la eriemiga 
suerte , ni por hacer frente al fracaso. 

El natural instinto nos obliga 
á conjurar este difícil paso; 
yo os he de aconsejar, por lo primero, 
deshacernos del cómitre extranjero. 



Il8 MAR TENEBROSO 



No vale dilatar más nuestros planes 
poniéndoles reparos de por medio, 
que otra cosa no son sino haraganes 
pretextos que entorpecen el remedio; 

pasan los días, crecen los afanes, 
y nosotros, durante su inte?-medio, 
vamos al sacrificio como ovejas, 
balando sólo lastimeras quejas. 

Ya encima de las aguas se recuesta 
la Osa Mayor con su pequeña cría , 
anuncio precursor de que se apresta 
la cuadriga del sol del nuevo día ; 

d estas horas Colón, laso se acuesta, 
y á otro piloto la derrota fía. 
¡Sus, compañeros \, ¡sus!, vamos d popa: 
viremos el timón con rumbo á Europa. » 

— « Hombre de poca fe , { qué estás diciendo 
con lengua vil, con intención aceda} 
— responde el Almirante, apareciendo 
súbitamente al medio de la rueda, 

que aquesta viva imprecación oyendo, 
asombrada y atónita se queda, 
como de noche, en hueco de una encina, 
los buhos si un farol los ilumina. — 



MAR TENEBROSO II9 



¡Cobardes! Mas ^ qué digo? Castellanos, 
vasallos de una reina generosa 
que puso con confianza en vuestras manos 
la prueba ésta de invención gloriosa : 

^ Vais d ser tan ruines y villanos 
que defraudéis su invitación graciosa , 
sin probar, á lo menos, lo factible 
para darla por vista y no posible } 

( Son éstos los audaces navegantes 
que en el puerto de Palos se enrolaron, 
y, entre vivas y salvas incesantes , 
en sendas carabelas se embarcaron? 

Sus ánimos, sus bríos arrogantes 
en infantiles sustos se tornaron, 
y caen , poseídos de desmayo, 
en el cornedio del glorioso ensayo. 

i Por qué sembrar la duda y la cizaña 
en triste conciliábulo agorero > 
i Por qué pensar en regresar á España 
cuando tocáis el límite postrero? 

{ Qué venda cubre, qué accidente engaña 
vuestros ojos é instinto marinero ? 
^ Cómo no veis que la boyante quilla 
se va acercando á la bendita orilla? 



MAR TENEBROSO 



El mar alrededor nuestro^ con creces , 
de día en día asi nos lo denota: 
ora es la copia de pequeños peces, 
ora es un tronco de rosal que flota; 

ya una banda de pájaros que, d veces, 
en torno de la escuadra se alborota , 
trayéndola en los picos el mensaje 
del anhelado término del viaje. 

^ Diréis también ser mágico espejismo 
todo esto que vimos tan patente , 
ó flotantes despojos del abismo 
do yace un ahogado continente } 

( Diréis ser todo ello un embolismo 
con que engañaros quiero nuevamente , 
palabrería, en fin, ó pasatiempo 
para ganar vuestra afición y tiempo r 

¡Sed piadosos, benévolos conmigo, 
que á los confines de este mar os traje; 
más que almirante, quiero ser amigo 
predilecto de todo el equipaje \ 

( Cabe nauta que no lleve consigo 
la inspiración del emprendido viaje, 
ni piense va delante de su prora 
la fortuna feliz y seductora ? 



MAR TENEBROSO 



Que sea un genove's, un extranjero 
quien el camino de la gloria os muestra , 
nada os importe si el triunfo por entero., 
será exclusivo de la España vuestra; 

que me sigáis^ es cuanto pido y quiero., 
adonde os lleve mi inspirada diestra; 
fiadme vuestra fe ; yo os aseguro 
el galardón del éxito seguro. 

Tres días más os pido, tres tan sólo, 
para lograr la próxima ribera, 
¡en cuyo breve plazo, fresco Eolo 
inflar, benigno, nuestras lonas quiera! 

Si al cabo de estos días no enarbolo 
en la arenosa playa mi bandera , 
os prometo llevaros de tornada 
al puerto de la patria suspirada. > 

Dijo Colón. Sus pálidos fulgores 
regalaba la luz de la mañana 
difundiendo, á brochazos, sus colores 
por el cielo y la líquida sabana; 

á bordo, los clarines y alambores 
baten acordes la señal de diana; 
despierta la demás marinería 
y empieza la labor del nuevo día. 



CANTO VIII 



BUENAS ESPERANZAS 



BUENAS ESPERANZAS 

Dos veces más en el rosado Oriente 
amaneció la candida cuadriga, 
al paso y á las riendas obedientes 
del almo dios que sin cesar la hostiga. 

Subió el cénit, se desvió á Occidente, 
en los mares hundióse, y sin fatiga, 
prosiguió su lucífera carrera 
alrededor de la terráquea esfera. 

Tras esta vuelta, nuevamente fieles 
al blondo automedonte que los guía, 
madrugaron los rápidos corceles 
rodando el carro de la luz del día; 

que al anchuroso imperio de Cibeles 
chispas de fuego celestial envía 
del áurea polvareda que levanta 
cuando camino arriba se adelanta. 

En este tercio día no acabado, 
que consigo traía el vencimiento 
del plazo por Colón estipulado 
en el canto anterior y parlamento ; 

á todo el equipaje reanimado 
veíase, parlero de contento, 
en vista los natátiles despojos 
que el agua presentaba ante sus ojos. 



BUENAS ESPERANZAS 



125 



La Pinta ^ que por ser la más velera 
de las tres carabelas de la flota, 
marchaba á la vanguardia la primera, 
ufana despejando la derrota; 

avisa al Almirante placentera 
que hacia babor, sobre las ondas, flota 
un palo en forma de bastón tallado, 
con artificio sumo trabajado. 

También la Niña que con rauda prisa 
á la Pinta seguía en el camino, 
con sus señales náuticas avisa 
haber hallado el ramo de un espino 

que, á tan poca distancia, se divisa 
cual arrancado gajo coralino, 
cargado como va con el tributo 
de su purpúreo, sazonado fruto. 

A poco más andar, desde serviolas 
del barco mismo que Colón montaba, 
anuncia un marinero que en las olas 
gentil arbusto de rosal flotaba; 

frescos aún el tallo y las corolas 
de sus pequeñas flores enseñaba, 
con el mismo color y lozanía 
que en la floresta próxima tendría. 



1 26 BUENAS ESPERANZAS 



Al mismo tiempo, con las bandas roza 
el verdeante tallo de una caña, 
entre una balsa de tupida broza 
de juncos y bejucos y espadaña; 

de atunes, luego, un bando allí retoza, 
que en su viaje á los nautas acompaña; 
señales todas que, sobradamente, 
la costa indican que se oculta enfrente. 

Robustecen después el mismo indicio, 
porción alegre de pintadas aves 
que, en circular, volátil ejercicio, 
en torno giran de las blancas naves; 

á las que dan, en medio del bullicio 
y acordes de sus cánticos suaves, 
el saludo cordial de bienvenida 
á la cercana tierra prometida. 

Ya no eran las rápidas cuadrillas 
de aquellas otras aves emigrantes 
que en alta mar, alrededor las quillas, 
vieron los marineros días antes; 

sino hermosas, canoras avecillas, 
de los risueños campos habitantes; 
ó gaviotas, pelícanos y ocas, 
que anidan siempre en costaneras rocas. 



BUENAS ESPERANZAS IZJ 



Con tan solemne prueba repetida, 
que el término del viaje así señala, 
la chusma, con viveza desmedida, 
á bordo alegremente se desala; 

apenas si el flechaste da cabida 
á tanto y tanto hombre que lo escala; 
trepa á la verga, al mastelero aferra, 
é indaga al frente la anhelada tierra. 

Unos van á la cofa, do se encajan 
para mejor hacer la descubierta; 
otros en los juanetes se barajan, 
poniendo al Occidente vista alerta; 

otros llegan al tope; otros bajan, 
y en el bauprés se sientan de cubierta, 
cansados de tenerse en las alturas 
entre equilibrios tales y apreturas. 

Y si bien á escasísima distancia 
del punto en que la escuadra ora navega, 
en ínsulas de ubérrima abundancia 
el antillano grupo se despliega, 

tan cerca, que hasta el nauta la fragancia 
en alas de la brisa terral llega 
de nopales y cedros y palmeras, 
orgullo de las próximas riberas; 



128 BUENAS ESPERANZAS 



Todavía no vese en lontananza 
del anchuroso piélago desierto, 
la línea del color de la esperanza 
que anuncia el cabo do se esconde el puerto; 

tan sólo el ojo á divisar alcanza 
el horizonte dilatado, abierto, 
que el cielo al mar juntándose describe, 
y un anchuroso radio circunscribe. 

Un manto azul, de copos recamado, 
la líquida llanura parecía; 
undívago, pomposo y ahuecado 
á merced de la brisa que lo henchía; 

con este pleamar, que el despejado 
circuito de las aguas reducía. 
Océano á sus Argos estorbaba 
la costa ver abajo que bañaba. 

Pues, sabedor Océano que era 
aquél el día póstero del viaje, 
á menos que á la escuadra entretuviera 
la evidencia del próximo abordaje; 

probó, con este ardid, que concluyera 
el plazo, é incontinente, el marinaje 
á Colón exigiérale, en seguida, 
la vuelta formalmente prometida. 



BUENAS ESPERANZAS I 29 

En poco estuvo viera satisfecho 
su avaricioso intento el dios marino, 
pues viendo el ningún fruto ni provecho 
de otear largas horas, el camino, 

estaba el marinero, al poco trecho, 
silencioso, apático y mohíno, 
tomando por reliquias de un naufragio 
lo diputado por feliz presagio. 

Tal acontece cuando á hermosa infanta 
un ogro la arrebata de sus lares, 
y en sus velludos brazos la trasplanta 
á espelunca velada entre palmares ; 

un caballero, entonces, se adelanta 
ostentando arreos militares, 
para explorar, gallardo, el sitio donde 
á la princesa su raptor esconde. 

El monstruo lo que ve al rival que viene 
de punta en blanco, armado á su terreno, 
en maliciosa calma se mantiene 
conteniendo la cólera en el seno; 

y como aquel que nada propio tiene, 
y menos todavía un bien ajeno, 
guarda su presa en ignorada gruta, 
libre dejando al paladín la ruta. 

9 



130 BUENAS ESPERANZAS 



Llamado á engaño, duda el caballero 
si seguir adelante ó retirarse, 
creyendo que no es éste el derrotero, 
ó que pudo de ogro equivocarse; 

Mas, súbito, una voz oye primero, 
luego un blanco pañuelo ve agitarse; 
es que le vio, por suerte, la princesa, 
y con esto anímale á la empresa. 

Así, porque del yugo la redima, 
en que la tiene Atlántico Océano, 
América, al saber que se aproxima 
á sus orillas el Jasón cristiano, 

las señales más ciertas no escatima 
al marinero equipo castellano, 
para que un paso dé más adelante 
y el secular destierro la levante. 

A todo esto, el Sol ya declinaba, 
y por grados su luz palidecía; 
cuanto más al ocaso se acercaba, 
más nerviosa á la chusma se veía; 

pero Colón, que para sí pensaba 
que la costa muy próxima estaría, 
echar mandó, con riesgo de la empresa, 
en el instante aquél, la sondalesa. 



BUENAS ESPERANZAS I3I 

Desprevenido el piélago al tanteo 
con que el audaz marino le provoca, 
dejó llegar, mal grado su deseo, 
la plomada hasta el cóncavo de roca; 

apenas se hizo público el sondeo, 
vino la gente de contento loca; 
¡Tan cierto es, que al hombre por los ojos, 
le asaltan el desmayo y los antojos! 

¿Adivináis el íntimo alborozo 
del árabe sediento, que en el Sahara 
ve, al brocal asomándose de un pozo, 
que abajo le sonríe el agua clara? 

¡Pequeño es y baladí este gozo, 
si al del héroe nuestro se compara, 
cuando, á unas brazas que la sonda entra, 
el pétreo fondo de la mar encuentra! 

A este punto, sopló céfiro suave 
que puso al mar pacífico y rizado, 
arrullando las olas, como sabe 
la verde hierba acariciar en prado; 

pudiendo, sin peligro, cada nave 
ponerse, una de la otra, al lado, 
talmente, que sus sombras confiíndieron, 
y al habla los pilotos se pusieron. 



132 BUENAS ESPERANZAS 

Aprovechó Colón este momento, 
minutos antes de expirar el día, 
para infundir en todos el aliento 
que en su gigante corazón sentía; 

y erguido, en pie, dando la espalda al viento 
que á popa de las carabas venía, 
esforzando la voz por que se oyera, 
á la escuadra arengó de esta manera: 

— <i.¡ Castellanos}: dos meses van cumplidos, 
que de la rada de Mogiier zarpando, 
estamos en tres barcos repartidos , 
un -misterioso ponto navegando ', 

en todo aqueste tiempo, repetidos 
anuncios nos han ido presagiando 
que, de seguir la vía de Occidente, 
ignota tierra nos saldría al frente. 

Todos nosotros vimos , á deshora , 
por repetida vez, estas señales; 
desde el ave del bosque habitadora 
hasta el verde color de estos cristales; 

pero os digo, en verdad, que las de ahora 
tan verídicas son y principales , 
que, ó mi larga experiencia mucho yerra , 
ó ellas pregonan la cercana tierra. 



BUENAS ESPERANZAS 133 

Ved si no esta brisa provechosa 
que nos empuja d la encantada orilla^ 
á intervalos ^ con ráfaga aromosa^ 
como en Abril las auras de Sevilla; 

ved la prueba cumplida y venturosa 
con que el profiíndo piélago se humilla , 
revelando el cantil donde se explaya^ 
en ascensión gradual^ hasta la playa. 

I Ahí., si este sol que flota en el abismo 
mi fervorosa súplica entendiera ., 
y otro Josué, pudiera por mi mismo 
un instante pararle en su carrera; 

veríais cómo hoy de su mutismo 
el arrogante A tlántico saliera , 
cansado finalmente de ocultarnos 
lo que á la larga deberá mostrarnos. 

Mas ya que es imposible mi deseo., 
yo os exhorto á esperar la alba temprana , 
ya que la cosa vale., según creo, 
la pena de esperar hasta mañana ; 

evitad, mientras tanto, de Morfeo 
la caricia somnífera, liviana, 
pues bien pudiera ser que antes la aurora 
tierra anuncie el serviola desde prora. 



134 BUENAS ESPERANZAS 



A este fin, por si en todos el anhelo 
de invención tan gloriosa no bastase, 
imaginé poneros en desvelo 
con algo que mejor os extremase; 

un justillo de fino terciopelo, 
muy costoso, el único en su clase, 
precio sei'd de aquel que, ciertamente , 
la tierra anunciará primeramente. 

Mas como el resplandor del rojo ocaso 
en celajes estériles se escapa, 
y pudiera traernos un fracaso 
la costa que el crepúsculo nos tapa , 

será prudente aminorar el paso 
poniendo los bajeles á la capa , 
hasta que, con la luz del nuevo día, 
les volvamos su antigua gallardía. 

Deciros no sabré cuyo es el punto 
en que ahora toquemos de arribada, 
aunque pudiera ser, como barrunto, 
la isla de Cipango renombrada] 

encantado paraje que dio asunto 
á la historia de Polo tan mentada, 
sitio donde el Kan tártaro domina 
y el continente índico termina. 



BUENAS ESP. RANVAS I35 



Tieri-a de promisión es, que produce 
las más preciadas perlas 07-ienta¡es^ 
cuyo seno viirifico rehice 
con el brillo de esplendidos metales, 

y en la que, en compendio, se reduce 
la suma de los bienes terrenales, 
por cuya adquisición , no es maravilla 
se empeñara la Reina de Castilla. 

Mas no os importe la ambición del oro, 
que, como digo, en esta zona abunda; 
ni el opulento próvido tesoro 
de su natura fértil y fecunda; 

que, más que la riqueza, es el decoro 
de rematar empresa sin segunda, 
como haber sus secretos arrancado 
al Océano Atlántico sagrado. 

Esto os digo, si bien ya considero 
no la codicia fié lo que aquí os trajo; 
antes bien , el renombre duradero 
que aportará consigo este trabajo; 

por mi parte declaro, que prefiero 
al tesoro de Creso, el agasajo 
de haberos comandado de piloto 
en viaje tan difícil por remato. 



136 BUENAS ESPERANZAS 

Va en la bondad del cielo sólo estriba , 
pues nos ha conducido á este paraje^ 
que nuestra fe su galardón reciba 
con el acabamiento de este viaje; 

■mas no presuma la soberbia altiva 
tener asido ya y en mano el gaje ^ 
que de confiados es, en un minuto^ 
perder enfior el codiciado fruto. 

Velemos ., pues , mejor que de costumbre., 
pues á ello la noche nos obliga, 
hasta que el horizonte nos alumbre 
la hermosa aurora con su luz amiga; 

mañana ha de acabar la incertidumbre 
que á todos por igual nos atosiga; 
unamos para esto, mientras tanto, 
nuestras preces al cielo sacrosanto. t> 

Esto dicho, Colón arrodillóse, 
con las manos en alto, suplicantes; 
á cuyo ademán pío salmodióse 
la salve por los otros tripulantes; 

á sazón, una ráfaga movióse 
que, agitando las olas murmurantes, 
hizo á cada piloto, por cautela, 
del paral desviar su carabela. 



CANTO IX 



LA VISIÓN DE COLÓN 



LA VISION DE COLON 

Era una noche como son aquellas 
noches que al cielo tropical señalan; 
no tanto deseadas por lo bellas 
como por el encanto que regalan; 

las horas persiguiendo á las estrellas 
tan fugaces, tan rápidas resbalan, 
que, al parecer, el alma se redime 
de la corpórea cárcel que la oprime. 

La blanca Luna, en su primer cuadrante, 
renovaba su brillo y la carrera, 
cortando, con segmento de diamante, 
el limpio tul de la estrellada esfera; 

y como parvo esquife coruscante 
que, anochecido, al puerto se volviera, 
apenas se hizo obscuro, paso á paso, 
tapóse en la penumbra del ocaso. 

Tendió con esto su capuz la noche 
en toda la extensión de cielo y mares; 
cada abismo luciendo su derroche 
de sendos, enjambrados luminares, 

que un etesio benigno sin reproche, 
reinante en estos climas y lugares, 
parecía atenuar, para, enseguida, 
volverlos á encender con nueva vida. 



LA VISION DE COLON 1 39 

Conforme el Almirante lo dispuso 
las velas se cargaron á las naves ; 
como en la ciencia náutica es de uso 
las quillas refrenar, á sesgos suaves, 

cuando, bogando en piélago confuso, 
peligro hay de sobresaltos graves 
en sirtes, arrecifes y bajíos 
con que Circe encanta á los navios. 

Tan suave y blandamente navegaban 
los leños, ya en vaivén ó cabeceo, 
que apenas si á su paso quebrantaban 
los cristales de móvil centelleo; 

y más que lo que eran, simulaban 
tres ánades que juntos, de paseo, 
confiados se solazan, al halago 
de una excursión nocti»rna por el lago. 

No ya por la noctivaga harmonía, 
sino por otro afán que le desvela, 
alerta al marinero se veía 
en el puente de cada carabela; 

un confuso rumor y vocería 
levántase de tanto centinela, 
que el tenebroso ámbito observando 
se pasa la velada conversando. 



140 LA VISIÓN DE COLÓN 

Los troncos y verduras que las ondas 
llevaban mar adentro de rechazo; 
los pájaros venidos de las frondas; 
la fe con que Colón anunció el plazo; 

el mudo testimonio de las sondas 
al explorar el cóncavo regazo; 
tales eran los temas preferidos 
de todos, y cien veces repetidos. 

En tanto que entre sí los marineros 
se están con invenciones recreando, 
á otro lado unos pocos caballeros 
se ven con los pilotos conversando 

como buenos amigos, placenteros, 
con discretas razones altercando 
sobre si es más honroso y estimado 
el oficio del nauta ó del soldado. 

Segovia, Tapia ^ A lamo y Arana 
— oficiales del rey — , éstos aparte, 
sustentan con ardor ser cosa vana 
la preferencia disputar á Marte. 

Niño, Cosa y Roldan, con frase llana, 
como suelen los hombres de su arte, 
arguyen que no ven motivo alguno 
para quitar el cetro al gran Neptuno. 



LA VISION DE COLON I4I 

— < Nadie de mi opinión me desaferra , 
dice Arana, alguacil real de la Armada — . 
No hay oficio más alto que la guerra 
ni instrumento más noble que la espada; 

las armas ponen próspera una tierra ; 
por la guerra , la paz es conservada ; 
aquéllas la república sostienen 
y las leyes políticas mantienen. 

La espada es al social ayuntamiento 
lo que á la hiedra el olmo vigoj'oso^ 
á cuyo arrimo toma crecimiento., 
libre del viento frío ó impetuoso; 

por donde tal alianza y ligamento 
resulta para ambos provechoso: 
el tronco se engalana con la hiedra, 
la enredadera con el árbol medra. 

No quiero yo decir que no es loable 
el trabajo del sabio y del letrado., 
ni menos provechoso y estimable 
cualquier oficio mientras sea honrado; 

sino que es bien la paz., 7tunca durable., 
y en las guerras de Estado contra Estado 
en peso la república cayera 
si el brazo militar no lo impidiera. 



142 LA VISION DE COLON 

Debe Grecia su fama á haber tenido 
los Milciades, Pausanias y Cimones; 
Roma, acaso, no hubiera subsistido 
sin los Fabios, Marcelos y Escipiones; 

por estos héroes que en la tierra han sido 
no murieron en flor esas naciones, 
y maduraron tanto artista y sabio 
los siglos de Pericles y de Octavio. 

En sics eternas páginas la Historia 
también otros ejemplos 7ios ofrece; 
mas no quiero cansar vuestra memoria, 
que lo dicho bastante me parece. 

Pasaré á otra prueba meritoria 
que el pleito de las armas favorece; 
tanto que, en mi opinión, ella bastara 
á darme la razón si me faltara. 

Es cosa natural, según se entiende, 
que ninguno se emplea en un oficio 
si es que de antemano no comprende 
no le va d reportar un beneficio; 

f>or este justo afán, cada hombre tiende 
á éste ú otro arte ó ejercicio, 
y gracias si á aquel lucro se limita 
y el dolo, ó bien el fraude, no ejercita. 



LA VISION DE COtON 1 43 

Mas de ambición desnuda y avaricia 
que el común de los gremios inficiona , 
la noble profesión de la Milicia 
á mejores logranzas se aficiona; 

el orden solamente, la justicia, 
el abnegado milite sanciona, 
y en ocasión metido, es sit divisa 
por la patria morir si se precisa. » 

Calló Arana, y á un tiempo prestamente 
los tres pilotos responderle fueron, 
pero atendidos á lo más prudente 
los tres de su ímpetu cedieron. 

Roldan y Niño, al cabo, gentilmente, 
á Cosa la palabra defirieron, 
el cual, con dicción cálida y sincera, 
á Arana replicó de esta manera: 

— < A p7-oa de su barco ve el marino 
de lueñes tierras los preciados dones; 
sin esta aspiración en su camino 
las naves parecic'renle prisiones. 

¡Qué duro, además, fuera su destino 
y ente y viniente en todas direcciones ., 
fuera de tierra, ausente de sus lares, 
sobre la faz de los inmensos mares ! 



144 LA VISION DE COLON 



c? Cómo, si no, atreverse cara d cara 
á combatir la infinidad de males 
que el misterioso Océano depara 
ocultos en sus pérfidos cristales } 

{ Ni cómo si la suerte lo prepara 
afrontar los horrendos temporales 
y la inconstancia de los tiempos varios, 
benignos una vez, otra contrarios } 

Por eso el nauta en pos de aquel señuelo 
en las aladas cárceles se encierra; 
éstas emprenden su rastrero vuelo, 
el otro de su patria se destierra; 

y consultando el estrellado cielo 
llega en su día á la soñada tierra, 
haciéndose de frutos más preciados 
cuanto más escondidos y apartados. 

Cual enjambre de abejas emigrantes 
que liba dondequiera ricas mieles, 
asi van los osados navegantes 
y vienen por el reino de Cibeles; 

asi entre los antípodas distantes 
peregrinan á bordo sus bajeles, 
un mundo aproximando al otro miando 
con la labor de tráfico fecundo. 



LA VISIÓN DE COLÓN 1 45 



Ellos cruzan con ?narcka volandera 
de unas á otras zonas desiguales ^ 
desde la ecuatorial d la postrera 
que alumbran las auroras boreales; 

y cansan al Sol mismo en su ca?-rera 
en torno de los signos zodiacales, 
pues circunnavegaítdo-, en ocasiones, 
trastruecan d merced las estaciones. 

En vano la nostalgia con sus penas 
y los cuatro elementos destructores 
conspiran á que aburran sus colmenas 
los sendos laboriosos moradores; 

que al punto de salida vuelto apenas, 
alijada la miel de sus sudores, 
con nuevas ansias el audaz marino 
iza cantando el descansado lino. 

Como en lucha titánica vencido 
Anteo por Alcides derribado, 
que de la madre tierra recogido 
cobraba fuerzas y ánimo doblado, 

asi el marinero embravecido, 
apenas la natal playa ha pisado, 
quiere correr de nuevo los azares 
viaje á través de los solemnes mares. 



146 LA VISIÓN DE COLÓN 



jí Qué misterioso afán , cuál aliciente 
éstos encerrarán^ que tal atraen 
al humano^ y asi continuamente 
á ellos su memoi'ia retrotraen ? 

{Por qué este golpe de lucida gente 
de los caseros goces se distrae 
y dándose á la vela, desde el puerto 
se dejan lo seguro por lo incierto ? 

Es el afán de libertad bendita 
que dentro el pecho el corazón esconde; 
la sed de un más allá que necesita 
saciar el alma, sin mirar adonde; 

es la extensión del piélago infinito 
que á nuestro anhelo racional responde ^ 
ávido de explorar, veces sin cuento, 
la tierra, el mar, el alto firmamento. 

Que si algunos por móvil egoísta 
al capricho se entregan del destino, 
sirviéndoles de cebo la conquista 
de algi'm rico, dorado vellocino; 

otros en cambio piér dense de vista 
por el opuesto, diametral camino, 
persiguiendo incansables su tesoro, 
de más valía que un placer de oro. 



LA VISION DE COLON 1 47 

Que lo digan si no los castellanos 
que estas sencillas carabas equipan ; 
que lo digan Colón y los hermanos 
Pinzón que de su anhelo participan ; 

ellos pasan los límites lejanos^ 
de mercantil lo granza se emancipan ^ 
ansiando sólo cosechar laureles 
con que cambiar el lastre á los bajeles. 

A nadie se le ocurre que á medida 
avanzamos en épica jornada., 
más difícil y larga la venida 
luego será en viaje de tornada. 

i Qué fácil siempre Jui sido la salida'. 
\ Qué penosa después la retirada 
del campo de batalla ó de los mares , 
iguales en obstáculos y azares! 

Mas lo mismo el marino que el guerrero 
del miedo no hacen caso ni memoria , 
cuando á la lid ó al piélago altanero 
se lanzan por la patria ó por la gloria; 

seguir siempre adelante es lo primero 
para lograr en todo la victoria, 
i La fortuna sonríe al atrevido : 
quien no espera vencer., ya está vencido \ 



148 LA VISIÓN DE COLÓN 



En tanto el héroe nuestro, caviloso, 
pasea á largos pasos por el puente; 
Colón, digo, frenético y ansioso 
de sondear la obscuridad de enfrente; 

á estas horas, libre del curioso 
interrogante hito de la gente, 
deja asomar en su semblante ahora 
la congoja mortal que le devora. 

¿Rondasteis por ventura un campamento 
en vísperas de darse una batalla? 
Por doquiera palabras de ardimiento 
del cuerpo militar que en él se halla; 

llamadas de algún bélico instrumento 
á cuyo son marcial todo se calla; 
y vuelta á las canciones y á los juegos 
alrededor de los alegres fuegos. 

Aparte, el general allá en su tienda 
bebe á sorbos el cáliz de amargura 
que la diosa Fortuna, como ofrenda, 
exige á quien un éxito madura; 

pues en lances de paz ó de contienda, 
jamás esta deidad nos asegura 
la posesión del triunfo apetecido 
hasta haberlo de veras conseguido. 



LA VISION DE COLON 1 49 



Así, mientras la chusma marinera 
con dichos é invenciones se entretiene; 
y cierta de llegar á la ribera 
el cabrestante de áncora previene; 

en su alcázar, Colón silente espera 
la del alba, que aun no sobreviene, 
de mortales angustias su alma opresa 
por el triunfo ó malogro de la empresa. 

Gritos tempranos, falsas alegrías 
allá desde los mástiles erguidos, 
en esta larga noche los vigías 
daban al corazón por los oídos; 

pero, lo mismo que en pasados días, 
todo fué ilusión de los sentidos, 
ó delirio de tantos que se empeñan 
en ver aquello en que dormidos sueñan. 

Esto mismo Colón, tal vez supuso, 
cuando, á media noche, vigilante, 
vio de una luz el resplandor confuso 
al vaivén de las ondas fluctuante; 

por esto, ó por guardarse del abuso 
de pregonar la tierra á cada instante, 
llamó por separado á dos amigos 
á quienes de su hallazgo hizo testigos. 



150 LA VISION DE COLON 

Miraron Cosa y Niño al sitio donde, 
ansioso, el Almirante les indica; 
y aunque la luz, á intervalos, se esconde, 
cada cual su pupila centuplica; 

Maestre Cosa, súbito, responde 
que del feliz hallazgo certifica, 
si bien no se precise cuyo sea 
el resplandor de la inflamada tea. 

Que como de propósito encendida, 
con tiempo para de ella cerciorarse, 
no bien fué por sus Argos distinguida, 
dejó en el horizonte de mostrarse; 

al modo que la lumbre convenida 
de una almenara suele divisarse, 
cesando el resplandor de la ígnea leña 
desde el momento en que se vio la seña. 

Con esta aparición de errátil fuego, 
quizás de una canoa pescadora, 
cambió Colón en bienhechor sosiego 
la fiebre que sintió antes de ahora; 

seguro ya que el rosicler que, luego, 
han de pintar los dedos de la aurora, 
á proa mostraría de las quillas 
el rizado perfil de las orillas. 



LA VISIÓN DE COLÓN 15I 



De la suerte que en cúspide roquera 
un águila caudal está posada, 
á cuyo amor de madre desespera 
el hambriento piar de la pollada; 

que al través de una niebla pasajera, 
ve, por suerte, la presa codiciada, 
y en propicia ocasión, calando el vuelo, 
arrebata la víctima del suelo; 

De este modo. Colón, desde su puente, 
así que el resplandor ha descubierto, 
escucha, más tranquilo de su gente, 
el gárrulo rumor y desconcierto; 

confiando que al romper el nuevo oriente 
ha de mostrarse el suspirado puerto, 
al cual en esta noche se aproximan, 
aún más de lo que todos se imaginan. 

En estas dulces ansias distraído, 
el héroe estaba en el alcázar, cuando 
vio á su lado el éter encendido 
por una nube de reflejo blando. 

Muy pronto se vio de ella circuido 
y atónito, los ojos levantando, 
descubrió en la nube la figura 
de una joven radiante de hermosura. 



152 LA VISION DE COLON 



Nuda el cuerpo, sin más velos postizos 
que el natural tocado del cabello, 
que en ondulantes, en profusos rizos 
le cae engolfándose en el cuello ; 

mostraba al natural los mil hechizos 
de aquel su cuerpo torneado y bello, 
cuyo rojo color al cobre toma 
y al azucena la esbeltez y aroma. 

Por un rato Colón mira á la hermosa 
sin atreverse nunca á interrogarla, 
porque , como á tornátil mariposa , 
al soplo de la voz teme ahuyentarla; 

pero rendido á la ansiedad curiosa, 
al cabo se decide por hablarla, 
y con rizado labio, balbuciente, 
así la interrogó muy blandamente: 

— «{Eres hada de amor, silfide, ondina 
ó mensajera de los cielos eres , 
tú-t que en medio de nube nacarina 
asi, radiante ^ mi pupila hieres? 

{ Que' dulce nueva á mi bajel te inclina > 
¡ Oh visión deleitosa ! ^ Qué me quieres} 
Miel de tus labios carmesíes jluya 
que con aquesta mi ansiedad concluya. 



LA VISIÓN DE COLÓN 153 



— ¡Pues qué!, ¿no me conoces, por ventura? 
— la aparecida dice sonriente, 
reflejando en sus ojos la ternura 
que dentro el pecho por el héroe siente — . 

(f Hasta el punto te ciega mi hermosura 
que es menester á tu memoria aliente? 
¡Recóbrate , ¡oh Colón!, la vista aclara 
y fíjala sin nubes en mi cara! 

(Acaso menos bella me soñaste 
cuando allende la mar, de corte en corte, 
á magnates y reyes me anunciaste 
con voz entera, con altivo porte? 

Aquélla soy, la estrella en que cifraste 
tus ilusiones, tu esperanza y norte, 
y que, en pago de pobre carabela, 
engarzarás al cetro de Isabela. 

La misma, si, d quien confiero empeño 
y constancia de ardiente enamorado, 
en este frágil, miserable leño 
al través del Atlántico has buscado; 

hiciste bien en no creerme un sueño, 
pues ves que comparezco á tu llamado; 
mil veces me evocaste, aquí me tienes, 
ya qu£ á mi encuentro enamorado vienes. 



154 LA VISIÓN DE COLÓN 



Que soy grácil, apuesta y peregrina , 
á medida cabal de tu deseo \ 
mejor que preguntarlo, se adivina 
en el asombro que en tus ojos leo', 

que si no soy de piel alabastrina 
como pálida hija de europeo, 
la gano á apasionada , y en la cendra 
expresión de mis dos ojos de almendra. 

Aunque desnudo el seno comparezco, 
no lo achaques á causa de pobreza; 
es que así, cual las Gracias , aparezco 
en todo el esplendor de mi belleza ; 

pues, más que algunas reinas, me envanezco 
en tener ^ co)no dote, la riqueza 
de este mi vasto, dilatado imperio 
que se extiende por todo un hemisferio. 

Mañana, á más tardar, suaves tus quillas 
felices llegarán á las riberas 
del suelo tropical, do las Antillas 
anuncian de mis reinos las fronteras', 

verás el esplendor de sus orillas, 
minea holladas de plantas extranjeras , 
por ellas, la opulencia conociendo 
con qu£ ahora te estoy entreteniendo. 



LA VISIÓN DE COLÓN 155 



Tú el primero serás , que aquí venido 
enarholes el lábaro cristiano, 
pregonando á mi grey, á grito herido, 
la majestad del nombre castellano. 

Tú, al regreso del viaje, revestido 
de fausto, como un rey del Océano, 
anunciarás triunfante á las naciones 
la invención de estas indicas regiones. 

Cien nautas más descifrarán la clave 
con que el mar me rodea de misterio, 
y, la estela siguiendo de tu nave, 
abordarán las playas de mi impeno; 

pero á todos darásles tú la llave 
para el umbral pasar de mi hemisferio, 
al que la suerte quiere que otro hombre 
para siempre jamás le dé su nombre. 

Será Pinzón el joven quien primero, 
en derechura la sudoeste orilla , 
pasando el Ecuador vea el Crucero 
que rutilante en mis alturas brilla; 

cinco lustros después, un extranjero, 
como tú , al servicio de Castilla , 
al mar del Sud enfilará la proa , 
para entonces hallado por Balboa. 



156 LA VISIÓN DE COLÓN 



Callo el resto que , en día no remoto^ 
el campo aren de esta mar famosa: 
Ojeda^ Niño., Lepe, Caray, Soto, 
So lis, Crijalba, De Bastidas, Cosa, 

Cartier, Cabral, Américo, Gaboto... 
y muchos otros de mención honrosa; 
mas tu gloria la suya empequeñece 
como el Sol á los astros obscurece. 

Tras estos nautas, á ominosa parca 
veo equipar un bélico navio, 
á cuyo bordo el adalid se embarca 
de riqueza sediento y poderlo ', 

le conteínplo, apenas desembarca, 
mis reinos retazar d su albedrío, 
y no contento aún, manchar sus manos 
con la sangre, ¡oh dolor I, de mis hermanos. 

¡ Oh pobre raza de la patria mía! 
¡ Oh dioses de sus templos tutelares! 
¡ Ya que poco distante está aquel día 
en que, cruzando los extensos mares, 

venga el blanco, con bélica ufanía , 
á derribar tus ídolos y altares; 
te importe nuevos usos, nuevas leyes, 
y al cetro te someta de sus reyes! 



LA VISIÓN DE COLÓN ^57 



¿ Qué será de tus tronos imperiales, 
de tus monarcas, que del Sol descienden; 
de tus huestes, innúmeras, marciales, 
que las regiones indicas defienden ? 

^ Qué será de tus vírgenes vestales , 
que el sacro fuego inextinguible mcienden 
cual talismán augusto soberano 
del poderoso inca peruano > 

Yo veo aquellos tronos derrumbarse 
á un bote de las lanzas españolas: 
morir esos guerreros, ó estrellarse 
como en las rocas las mugientes olas; 

el coro de las ñustas desbandarse 
y, cabe el margen de los ríos, solas, 
lamentar la ruina de su imperio 
bajo el sauce llorón del cautiverio. 

Yo veo, si, cual jóvenes leones 
ganosos de estrenarse en una hazaña, 
intrépida porción de campeones 
en las guerras de Italia ó de Alemana; 

les miro desertar de sus legiones, 
volver al seno de la madre España, 
y en la flor de su edad y lozanía, 
rumbo emprender hacia la patria mía. 



158 LA VISIÓN DE COLÓN 



Inútil ahora fuera adelantarte 
los nombres de estos cien que., con bizarro 
valor, tenaz empeño y diestra arte^ 
han de uncir mis naciones á su carro; 

pero quiero, entre todos, señalarte 
á Velázquez, Cortés, Ponce y Pizarra^ 
á quienes la fortuna ha deparado 
lo mejor de mi imperio y 7nds granado. 

Por ellos los ibéricos dominios 
llegarán de tal suerte á dilatarse , 
que durante tres siglos, bien continuos^ 
el Sol de España no podrá ocultarse; 

mas, ¡ayl, cuántos estragos y exterminios 
en mis fastos habrán de registrarse., 
por la saña inclemente y los rigores 
de aquellos mis soberbios vencedores. 

Pero yo los acepto de buen grado 
y las maiLOS bendigo que, al herirme, 
mis ojos han de abrir, y del pecado 
de la inocencia á un tiempo rediminne; 

ley natural de que implacable el liado 
por más tiempo no quiere ya eximirme; 
porque es ley de dolor que purifica 
y á los ojos del cielo santifica. 



LA VISIÓN DE COLÓN 159 



Gime la tierra que al primer barbecho 
ve desbrozar sus ásperos eriales, 
gime la joven que en amante lecho 
siente herir sus entrañas virginales; 

^que mucho, pues, que resignado el pecho 
acepte yo también angustias tales ^ 
si al precio de mi sangre y amargura 
la redención de un mundo se asegura > 

Preciso es, pues, que con valor paciente 
vea venir el doloroso trance; 
pnas alguien no habrá, al menos, que clemente 
la furia de mis penas abonance} 

^ Alguien que al eco de mi voz doliente 
la noble diestra con amor me alcance, 
y á un recto fallo de su labio augusto 
diferencie lo justo de lo injusto? 

Sí le hay, ¡ oh Colón!, tú le conoces; 
es la reina juagnánima Isabela; 
la misma que benévola á tus voces 
con sus joyas te armó esta carabela; 

y en esta noche, entre los puros goces 
de su joven familia , orando vela, 
y á los cielos suplica prosternada 
por que vuelvas con próspera embajada. 



l6o LA VISIÓN DE COLÓN 



Ella ha de ser el bálsamo y consuelo 
que mitigue la prueba dolor osa ; 
ella la reina que, con pió celo, 
legisle d mis hermanos amorosa. 

¡ Ah! si al menos pluguiese al alto cielo 
darla vida inmortal como á una diosa , 
para á ella apelar del inhumano 
trato de algún procónsul castellano I 

A ti mismo , Colón , / oh fiera suerte ! , 
ha de herirte fortuna casquivana, 
cuando el pálido arcángel de la muerte 
se lleve á nuestra buefia soberana; 

{pero á qué agorera entristecerte 
con los tristes presagios del mañana , 
si con el mero hecho de nombrarlos 
parece que se quiere adelantarlos} 

Cálmate , pues , y vuelva la alegría 
á tu alma, de sobra conturbada, 
con las fiítigas, ansias y porjia 
de esta sin par, heroica jornada; 

embriagúete esta noche la ambrosía 
que yo servirte quise, anticipada , 
con la didce noticia que te traje 
del lisonjero término del viaje. 



LA VISIÓN DE COLÓN l6l 



Rasgúese ya el vespertino velo, 
único estorbo que á tu gloria empece 
para abatir en la ribera el vuelo 
y ceñir el laurel que en ella crece; 

rayos del alba cruzan por el cielo ; 
el lóbrego horizonte se esclarece; 
mira enfrente. Colón, la vista explaya 
y ante las naves, hallarás la playa. » 

Estas palabras últimas diciendo, 
sonriente el oráculo mostraba 
cierta mancha en el mar, que iba creciendo 
á medida que el cielo alboreaba; 

volvió Colón los ojos, inquiriendo 
el sitio que la joven indicaba, 
á cuyo tiempo ésta desparece 
y la nube en que va se desvanece. 

— / Tierra, Tierral, prorrumpe á este momento 
desde la Pinta él marinero Triana. 
— ¡Tierra, Tierral, repite herido el viento 
al resto de la armada castellana; 

á seguida el cañón, con ronco acento, 
certifica á la nave capitana 
que el comandante de la Pinta vía 
la misma tierra que anunció el vigía. 

II 



102 LA VISIÓN DE COLÓN 

Alza la escuadra al Cielo un alarido 
de entusiasmo y júbilo triunfante, 
cuando el éter, en ondas removido, 
trae del bronce la señal tonante; 

que cual grito estentóreo surgido 
de los profundos cóncavos de Atlante, 
rompe el aire, los ámbitos atruena 
y en los abismos otra vez resuena. 



¥ ^ ^ 



CANTO X 



¡EXCELSIOR! 



¡EXCELSIOR! 

^L eco de la insólita algazara 
que estrepitosa por los aires cunde, 
la noche en torpe fuga se declara 
soltando el manto que en la mar se hunde; 

por Oriente el alba se declara, 
y despacio asómase y difunde, 
salpicando de rosas las estelas 
que dejan las pausadas carabelas. 

A estas horas, la pálida neblina 
sus fantásticos brazos despereza, 
al frescor de la brisa matutina 
que en olorosas ráfagas bosteza; 

el espacioso ámbito se afina 
con toques de finísima limpieza, 
y á cada milla que los barcos andan 
los horizontes de la mar se agrandan. 

La sombra de la tierra prometida 
ante los ojos por momentos crece, 
de un nimbo de violeta circuida 
que las costas y cabos oscurece; 

pero el tiempo transcurre, y á medida 
que á popa de las naves amanece, 
la aparición se ve, menos opaca, 
que riente en los aires se destaca. 



¡excelsior! 165 

Y una isla se vio, llana, redonda, 
pequeña, sí, mas de apariencia gaya, 
pura esmeralda, verdeante fronda 
desde un cabo hasta el otro do se explaya. 

Una caleta que el perfil ahonda 
de su espumante aljofarada playa, 
parece estar marcando el rumbo cierto 
para tocar en el seguro puerto. 

A esta ensenada, pues, los timoneles 
los sendos gobernalles inclinaron, 
y á todo trapo, entonces, los bajeles 
en demanda la ínsula marcharon; 

á manera de rápidos corceles 
cuyo ardoroso ímpetu frenaron, 
y, en desquite, parejas con el viento, 
rastrean sobre el líquido elemento. 

Los nobles bríos refrenar, empero, 
del raudo movimiento que llevaban , 
y las ansias, también, del marinero 
que el vuelo de las naves azuzaban; 

los pilotos guiando, el derrotero 
con prudentes medidas moderaban, 
por ser la mucha prisa, en ciertos casos, 
semillero de sustos y fracasos. 



1 66 ¡excelsior! 

Al fin, llegó la armada felizmente 
delante de la boca ó angostura, 
á partir desde donde, suavemente, 
se extiende una bahía en herradura; 

y enfilando el canal confiadamente 
gobernó hacia dentro en derechura; 
las ruginosas áncoras á un tiempo, 
soltándolas después sin contratiempo. 

En esto se ordenó que embanderase 
como en día de gala cada barco 
en el instante y hora que asomase 
el nuevo Sol por el oriente zarco; 

y que el cañón de á bordo se aprontase 
á saludar el fausto desembarco; 
queriendo el Almirante ello se hiciera 
con profusión de pompa marinera. 

En un abrir y en un cerrar de ojos, 
toda la maniobra estuvo lista; 
porque nunca los brazos andan flojos 
cuando la recompensa está á la vista; 

podiendo con descanso, á sus antojos, 
hacer los argonautas la revista 
del nuevo panorama que, riente, 
en hemiciclo extiéndese á su frente. 



íexcelsior! 167 



Altos ceibos, copudos caobales, 
árboles más sin nombre todavía, 
mirábanse en los húmedos cristales 
de la anchurosa, límpida bahía; 

y frondosos y finos cocotales 
ufanos con su eterna lozanía, 
cimbreaban sus pencas y cogollos, 
erguidos en los áridos escollos. 

Allí también, el próvido banano 
ostentaba sus dátiles de oro; 
sus pomas el anón, la vid su grano, 
sus higos-miel el verde sicómoro; 

antojándose estar tan á la mano 
de estos dones, el opimo tesoro, 
que no faltaba más sino tomarlos, 
y con deleitación saborearlos. 

Como el cuitado Tántalo de Lidia 
á quien su padre Júpiter, de intento, 
condenó, castigando su perfidia, 
á aquel penoso célebre tormento; 

que todo á su redor ponía envidia 
en su apetito y paladar sediento, 
mas así que los brazos levantaba 
la tentación golosa se apartaba; 



1 68 



íexcelsior! 



De parecida suerte, la opulencia 
de los frutales árboles que, aposta, 
parecían mostrarse en evidencia 
esparramados en la verde costa, 

del marinero aviva la impaciencia 
y con tamaños ojos se regosta, 
mirándolos, en tanto que no llega 
el hora de esquilmar la fértil vega. 

Era tan bello, en suma, este escenario 
que por gala pintó Naturaleza; 
tan fuera de lo visto y ordinario, 
el vicio de los frutos y maleza; 

que asaltaba el recelo involuntario 
de que fuese verdad tanta belleza, 
tomándola antes bien por espejismo 
ó fantástica magia del abismo. 

Así los hombres somos; de momento 
todas las novedades abultamos, 
porque siempre tras un cristal de aumento 
lo que nos impresiona lo miramos; 

lo mismo en la aflicción que en el contento, 
la causa natural exageramos; 
nunca á un mediano término se ajusta 
aquello que nos gusta ó nos disgusta. 



¡excelsior! 169 

Febo, que en opinión de nuestra gente, 
su aparición triunfante retardaba, 
porque el deseo, ávido, impaciente, 
la natural salida adelantaba; 

por fin, á largas franjas, el Oriente 
de amaranto y carmín arrebolaba, 
y como sale el hierro de las fraguas 
el Sol se levantaba de las aguas. 

La capitana entonces, de improviso, 
dispara un cañonazo la primera; 
la escuadrilla, que estaba sobre aviso, 
en menos de un segundo se embandera; 

y con la pompa aquélla, y aquel viso 
que suele la ordenanza marinera, 
después que sus pendones arbolaron 
los buques entre sí se saludaron. 

No poca confusión y algarabía 
movieron, en oyendo los tronidos, 
los indios que al resguardo de la umbría 
estaban, con las naves divertidos. 

Tal como el bando pastoril que un día 
dispersaron los hórridos sonidos 
de un caracol de mar que Pan soplara 
cuando menos aquél se lo pensara; 



¡EXCEI.SIOR! 



Por igual suerte, la sencilla indiada, 
oyendo el cañoneo de la flota, 
de pánico terror apoderada, 
huye veloz, los ecos alborota; 

creyendo oir la voz ronca y airada 
de alguna excelsa potestad ignota, 
cuya voz prepotente el aire atruena, 
con cielo azul y con la mar serena. 

Aunque más todavía se asombraron 
cuando al tornar la vista á la escuadrilla 
los indios á los nuestros atisbaron 
transbordar y bogar hacia la orilla; 

entonces sí que todo se llenaron 
de aquel mismo pavor y maravilla 
que el incauto troyano cuando viera 
el parto del caballo de madera. 

Al son de bien templados instrumentos 
que del peso á los remos aliviaban, 
tres delgados esquifes por momentos 
á la encantada playa se acercaban ; 

Colón y los Pinzones, los asientos 
del primero de ellos ocupaban, 
siguiéndoles los otros, tripulados 
por ciertos marineros y soldados. 



¡excelsior! 171 

En muy pocas bogadas, su faena 
los esquifes hicieron, atracando 
junto á la playa, cóncava, serena, 
al desembarco todos se aprestando; 

siendo el primero que saltó á la arena 
Colón, por alto fuero de comando, 
á quien los dos Pinzones de buen grado 
otorgan este honor tan señalado. 

Con todas las insignias de almirante 
iba Colón ahora revestido; 
colgaba de sus hombros, rozagante 
amplio manto de púrpura teñido; 

y el estandarte real, alto, triunfante, 
con firme diestra mantenía erguido, 
al que daban realce dos pendones 
que á su lado tremolan los Pinzones. 

Ambos hermanos, á su vez, vestían 
ricos vestidos de brocado y seda; 
el resto de los otros que venían 
á estos tres capitanes hacen rueda; 

y arneses y alabardas relucían 
de tal manera al Sol, que, en la arboleda, 
los indios que á sus huéspedes miraban 
por heraldos del cielo los tomaban. 



172 ¡excelsior! 

Así ordenada, en redondel la gente, 
salió al medio Colón con su bandera, 
y levantando la desnuda frente 
los labios despegó de esta manera: 

— <f-¡ Dios augusto, Dios grande, omnipotentey 
de cielos, tierra y mar, causa pj'imera; 
que tu 7iombre inmortal sea alabado 
y por siempre jamás glorificado ! 

Cantemos al Señor d quien debemos, 
¡ oh píos argonautas castellanos ! , 
felices arribar á estos extremos 
nunca vistos de ojos de cristianos; 

á Aquel que ha permitido enarbolemos 
el lábaro de nuestros soberanos 
eíi el umbral de este longincuo imperio, 
principio de un recóndito hemisferio. 

Esta es la prez que nuestro heroico celo 
y firmeza loable han conquistado; 
éste, el arcano que el hermoso velo 
del piélago tenía recatado; 

éste, en fin, el vicioso índico suelo 
de oráculos y vates anunciado, 
que por el lado hespérido completa 
la redondez del terrenal planeta. 



¡excelsior! 173 

Y pues el Cielo en invención nos dona 
esta risueña isla afortunada 
que con otras , acaso ^ se eslabona 
á una extensa región más apartada , 

sea un nuevo florón de la corona 
de Isabel, y primicia adelantada : 
¡Por Castilla y León desde ahora quede! 
/ Gracias d Dios que así nos la concede! » 

¡Párate, oh Sol, un punto en tu carrera 
para escuchar el cántico triunfante 
del genovés y de la gente ibera, 
victoriosos del piélago de Atlante; 

baja, sí, á la índica ribera 
y corone tu disco rutilante 
las sienes de este nauta sin segundo 
que del olvido ha rescatado un mundo! 

Y tú , ¡oh Padre Océano ! , rendido 
por las tres carabelas vencedoras, 
resurge de tus senos el garrido 
enjambre de las náyades cantoras; 

canten éstas por mí el merecido 
himno glorioso á las hispanas proras , 
pues voy á descender, en este punto, 
del alto diapasón y contrapunto. 



174 ¡EXCELSiOR 

Y aunque loar quisiera las proezas 
de tanto y tanto íbero esforzado, 
que salvando sin cuento de asperezas 
vinieron tras Colón á aqueste lado; 

será bien que no suba á más grandezas 
cuando tan mal canté lo que he cantado; 
ya, como nuevo Icaro, me siento 
castigado por tanto atrevimiento. 



¥ ^ ^ 



ÍNDICE 



Págs. 

Por vía de prólogo v 

Argumento i 

Canto I . . . . — La Atlántida 3 

Canto II . . . — Los Argonautas 21 

Canto III. . . — El Pico de Teide 39 

Canto IV. . . —La Isla encantada 59 

Canto V . . . — Leyenda marinera 71 

Canto VI.. . — ¡Ave, Maris Stella! 91 

Canto VIL . — Mar tenebroso 105 

Canto VIII. — Buenas esperanzas 123 

Canto IX . . — La Visión de Colón 137 

Canto X. . . — ¡Excelsior! 163 



FE DE ERRATAS 



Verdaderamente, los autores no servimos para corre- 
gir pruebas, sin duda porque sabiéndonos de memoria 
el texto, leemos de corrido las copias de imprenta. 

He aquí las enmiendas principales que deben tenerse 
en cuenta: 

Páy. i8, octava i/, verso 5.°: 

y en alas de los vientos voladores, 

Pálí- 23, oct. 3.', V. 6.°: 

se dio como consigna de aboi-daje. 

Pág. 36, oct. 2.*, V. 7.°: 

el de la Niña con tan buen provecho, 

Pág. 42, oct. I.*, V. 8.°: 

junto aquella que Teide manifiesta. 

P^g- 53i oct. 3.°, V. 2.°: 

que á la sombra mi égida ancoradas 

Pág. 68, oct. 2.', V. i.°; 

Alguno, muy en serio la diputa 

Pág. 89, oct. 3.°, V. 2.°: 

que está del marinero apoderada 

Pág. 93, oct. 3.', V. 7.°: 

con el pico hurgándoles el cuello, 

Pág. 12+, ocl. I.*, V. 3.°: 

al paso y á las riendas obediente 



PLEASE DO NOT REMOVE 
CARDS OR SLIPS FROM THIS POCKET 

UNIVERSITY OF TORONJO LIBRARY 



PQ Bayo, Ciro 

6603 La Golombiada 

A9G6 

1912 



o col 






==S ,„ 




ai g 


^^ 


1 O 


ÜJ^ 


CA) 


>^ 


o es 

P ^ 


C/) 




z — 


^^Ll_ 


^= 


=^—1 

=1: CN 


o= 


=cr) c 


Q^= 


■ — 


5= 


— S5^ 

==0D T- 






_!== 


=^o 


1- 


z 


3 


^^< CT 




^=a: c 


qS 

^ 



ktíffZ, Kflcdor.